Las hermanas Rica y Jepoy estaban emocionadas. La Caja Balikbayan había llegado de Arabia Saudita, enviada por su madre Tessie, quien había trabajado allí como trabajadora doméstica durante diez años.

“¡Seguro que tengo zapatos! ¡Los Jordan!”, gritó Jepoy mientras cortaba la cinta adhesiva de la caja.

“¡Yo, bolsos de diseñador y perfumes!”, dijo Rica.

Pero al abrir la caja, la sonrisa desapareció de sus labios. El olor a naftalina y tela vieja las recibió.

Sin zapatos. Sin bolsos. Sin chocolates.

El contenido de la caja eran chaquetas de mezclilla viejas, vaqueros desteñidos, blusas que claramente estaban pasadas de moda y calcetines con ligas de tocino.

“¡¿Qué es esto?!”, gritó Rica, reacia a tocar la ropa. “¿Por qué mamá solo envió trapos? ¿Nos convirtieron en un basurero?”

“¡Mal viaje!”, espetó Jepoy. “¡La revolví hasta el fondo, es solo ropa vieja! ¡No hay Spam ni Corned Beef! ¡Esperaba zapatos de goma!”

De pura molestia y decepción, volvieron a cerrar la caja.

“Tira eso afuera, Jepoy”, ordenó Rica. “Solo está haciendo que la casa se sienta apretada. Puede que tenga chinches de Arabia Saudita. Dáselo al trabajador electoral o al basurero”.

Sin dudarlo, Jepoy levantó la pesada caja y la sacó por la puerta. El camión de la basura pasó justo en ese momento.

“¡Manong! ¡Por favor, llévense esto! ¡Eso es basura!”, gritó Jepoy.

Los basureros tiraron la Caja Balikbayan en la parte trasera del camión y se fueron.

Cuando Jepoy entró en la casa, sonó el teléfono. Una videollamada de Nanay Tessie.

Rica contestó, frunciendo el ceño.

“¡Hola, niños! ¿Ya recibieron la caja?”, los saludó su madre con alegría. Estaba muy delgada y visiblemente cansada, pero sonreía.

“Sí, Nay”, respondió Rica con voz ronca. “¿Pero por qué? ¿Toda ropa vieja? No podemos usarla. La tiramos”.

La sonrisa de Nanay Tessie desapareció. Se puso pálida.

“¿Q-qué tiraste?”, preguntó la madre temblorosa. “¿Dónde la tiraste?”

“En el camión de la basura, Nay. Se acaba de ir”, respondió Jepoy, mirando a la cámara. “Bueno, Nay, es todo basura. Sería vergonzoso si la usáramos”.

Nanay Tessie rompió a llorar de repente al otro lado de la línea. Un llanto lleno de arrepentimiento y miedo.

“¡Dios mío! ¿Por qué la tiraron?”, gritó la madre. “Niños… ¡por eso es toda ropa vieja, porque no quiero quedar mal ante la aduana! ¡No quiero robar!”

“¿Eh? ¿Qué quieres decir?”, preguntó Rica nerviosa.

“Dentro de los bolsillos de esa vieja chaqueta y pantalones… ¡Cosí 500,000 pesos en efectivo! ¡Los ahorré durante cinco años! ¡Y dentro de los calcetines viejos y anudados están los collares y anillos de oro que les dejé!”

Fue como si el cielo y la tierra hubieran caído sobre Rica y Jepoy. Se les heló el cuerpo.

“¿S-solo dentro de los bolsillos?”, tartamudeó Jepoy.

“¡Sí! ¡Los escondí ahí por seguridad! ¡Para nuestra casa y para tu matrícula! ¡¿Por qué no miraste primero?!”, gritó Madre Tessie.

Los hermanos se miraron. En un instante, salieron corriendo de la casa. No les importó si solo llevaban puesta la ropa.

“¡Manong! ¡Manong Basurero!”, gritó Jepoy mientras corría por la carretera.

Pero la camioneta estaba lejos. Estaba en la otra esquina.

Jepoy corrió tan rápido como pudo, dejando atrás al atleta. Rica montó un triciclo para perseguir al camión.

Lo alcanzaron en el mismo vertedero. Estaban a punto de vaciar su contenido.

“¡ESPEREN! ¡PAREN!”, gritó Jepoy, jadeando.

Detuvieron el sistema hidráulico del camión. Rica y Jepoy subieron por la montaña de basura. No les importó el olor, las lombrices ni la suciedad. Buscaron la caja de su madre.

“¡Ahí! ¡Ahí está la caja!”, señaló Rica.

Estaba mezclada con verduras podridas. Rápidamente la recogieron y la abrieron. Jepoy sacó una chaqueta vaquera descolorida que antes no había querido tocar.

Palpó el bolsillo. Sintió algo duro y grueso.

Usó los dientes para rasgar la costura del bolsillo.

Y salieron los billetes azules envueltos en envoltorios. Miles y miles.

 

Rica tomó los calcetines viejos. Dentro, las joyas de oro brillaban.

Se sentaron en medio de la basura. Abrazaron la “ropa vieja” que olía a naftalina y al sudor de su madre. Lloraron a gritos.

Se dieron cuenta de que esa ropa —ropa vieja, descolorida y perjudicial para ellos— era la que su madre usaba mientras fregaba baños, lavaba ropa y soportaba el hambre en un país extranjero solo para ahorrar dinero.

Resulta que el valor de la Caja Balikbayan no reside en la belleza de su contenido, sino en el amor de quien la envió.

Regresaron a casa sucios y apestosos, pero con una lección que jamás olvidarían. Llamaron a su madre de nuevo, y esta vez se disculparon no por el dinero, sino porque no apreciaron su sacrificio.

Desde entonces, todo lo que su madre les enviara, incluso si solo era jabón o pasta de dientes, lo aceptarían como oro, porque sabían que cada pieza era a cambio de la vida y el sudor de su madre.