Las puertas giratorias del edificio Rothwell Tower pesaban una tonelada, o al menos eso le parecía a Leo. A sus trece años, con el cuerpo encogido por el hambre y las noches durmiendo sobre cartones húmedos, empujar aquel cristal inmaculado requería una fuerza que apenas tenía.

El aire acondicionado del vestíbulo lo golpeó como una bofetada invisible. Olía a café recién hecho, a perfume caro y a cuero limpio; olores que pertenecían a un universo del que Leo había sido expulsado hacía mucho tiempo.