Llegué a urgencias un martes por la tarde porque me había desmayado en el trabajo. Anemia, dijeron. “Come más hierro y descansa”, me recetaron como si fuera tan fácil. Me dejaron en observación por precaución.
Él llegó esa misma noche en una camilla, pálido como el papel, con una tos que sonaba a despedida.
—¿Primera vez? —me preguntó desde la cama de al lado, separados solo por una cortina azul desteñida.
—¿En el hospital? Sí. ¿Y tú?
—Veterano —sonrió débil—. Llevo tres semanas de estudios. Hoy me dan los resultados.
No sé por qué, pero algo en su voz me hizo querer quedarme despierta con él. Hablamos toda la noche. Me contó que se llamaba Mateo, que tenía 32 años, que era diseñador gráfico y que su mayor miedo no era morirse, sino no haber vivido lo suficiente.
—¿Y cuál es tu mayor miedo? —me preguntó.
—Vivir a medias —respondí sin pensar—. Hacer todo por obligación y nada por pasión.
—Entonces ya tenemos algo en común —sonrió.
Al día siguiente llegó el doctor con la noticia. Cáncer de pulmón. Etapa avanzada. Tratamiento agresivo inmediato.
Vi cómo se le apagó la mirada por dos segundos. Solo dos. Luego me miró y dijo:
—Bueno, parece que me quedo más tiempo. ¿Tú cuándo te vas?
—Me dieron el alta mañana —respondí con un nudo en la garganta.
—Qué lástima. Justo cuando estaba empezando a gustarte.
Me quedé.
No sé cómo lo convencí a los médicos, pero alargué mi estancia fingiendo mareos. Luego me hice “amiga de la familia” en las visitas. Y finalmente, simplemente dejé de irme.
Mateo empezó la quimioterapia al tercer día. Yo estaba ahí cuando vomitó por primera vez. Cuando se le cayó el primer mechón de pelo. Cuando lloró a las tres de la mañana diciendo que no quería que su mamá lo viera así.
—No tienes que quedarte —me decía—. Esto no es tu problema.
—Tú no eres un problema, Mateo.
Pasamos un mes completo ahí. Treinta días de batas de hospital, café espantoso de máquina, y conversaciones que la gente normal tiene en años.
Me contó de su ex novia que lo dejó cuando supo del diagnóstico. Yo le conté de mi papá que murió cuando tenía doce años. Él me enseñó a dibujar en las servilletas del hospital. Yo le leía libros en voz alta cuando estaba demasiado débil para sostenerlos.
En la segunda semana me besó. Fue después de un tratamiento especialmente duro. Yo estaba limpiándole la frente con un paño húmedo y él simplemente tomó mi mano y dijo:
—Si voy a morir, quiero hacerlo habiendo besado a alguien que me importa de verdad.
—No vas a morirte —susurré.
—Entonces bésame para celebrar.
Y lo hice.
A la tercera semana ya éramos inseparables. Las enfermeras nos llamaban “la pareja del 408”. Su mamá me abrazaba y me decía “gracias por darle razones para sonreír”. Yo dormía en la silla reclinable junto a su cama, tomada de su mano.

—Yo llevo años viviendo en piloto automático —confesé—. Y tuve que conocer a alguien enfermo para recordar lo que es realmente vivir.
—Somos un desastre —rió débilmente.
—El mejor desastre.
En la cuarta semana llegaron los resultados. El tumor había reducido un 30%. No era un milagro, pero era esperanza. Los doctores hablaban de seguir con el tratamiento. La familia respiró aliviada.
Yo también. Pero algo no estaba bien conmigo.
Había empezado con dolores de cabeza. Nada grave, pensé. Estrés por pasar tanto tiempo en el hospital. Luego vino la fiebre. Baja al principio. Las enfermeras me daban paracetamol y me decían que descansara.
—Estás agotada, Laura —me decía Mateo—. Duerme en casa esta noche. Por favor.
—Estoy bien —mentía—. Solo un poco cansada.
Pero no era solo cansancio.
Una mañana desperté en la silla junto a su cama y no podía respirar bien. Tosía. Mateo llamó a la enfermera inmediatamente.
Me hicieron análisis. Radiografías. Más estudios.
—Neumonía —dijo el doctor—. Probablemente bacteriana. Pasas demasiado tiempo aquí, tu sistema inmune está débil por el estrés y la falta de sueño. Te internaremos para tratarla.
Mateo estaba devastado.
—Esto es mi culpa —repetía una y otra vez—. Te enfermaste por mí.
—No seas ridículo —le dije, aunque apenas podía hablar—. Es solo una neumonía. Estaré bien.
Me pusieron en otra habitación, pero Mateo encontraba la manera de visitarme. Arrastrando su suero, sin importarle que las enfermeras lo regañaran.
—Se supone que soy yo quien te cuida —me decía, sentándose en la silla donde yo había pasado semanas.
—Turnos —sonreí débil—. Ahora te toca.
Los antibióticos no estaban funcionando como deberían. La fiebre subía. La neumonía empeoraba. Los doctores cambiaron de medicación. Luego otra vez. Y otra.
—Es resistente —escuché que le decían a mi mamá—. Estamos probando opciones más agresivas.
Mateo dejó de dormir. Se la pasaba entre mi habitación y la suya. Su mamá me contó después que dejó de comer. Que solo repetía “ella no puede morir por mi culpa, ella no puede morir por mi culpa”.
En la quinta semana, mientras Mateo mejoraba, yo empeoraba.
Los pulmones se me llenaban de líquido. Respirar era como tratar de inhalar a través de una pajita. Me pusieron oxígeno. Luego un respirador.
La última vez que pude hablar con claridad, Mateo estaba junto a mi cama, llorando como un niño.
—No te vayas, Laura. Por favor, no te vayas. Se suponía que yo era el que se iba a morir, no tú. Tú eres la fuerte. Tú eres la que salva gente, no la que se va. Por favor.
Quise decirle tantas cosas. Que no era su culpa. Que estos habían sido el mejor mes de mi vida. Que si tuviera que elegir, lo elegiría de nuevo, mil veces, aunque supiera cómo iba a terminar.
Pero solo pude apretar su mano.
—Te amo —susurré.
—Yo también te amo —lloró—. No es justo. Se suponía que íbamos a salir juntos de aquí. Se suponía que íbamos a tener nuestra cita sin olor a desinfectante.
—Llévame… —apenas podía hablar— …a esa cita… cuando sueñes conmigo.
Esa noche entré en paro respiratorio.
Los doctores hicieron todo lo posible. Mateo gritaba desde su habitación. Su mamá tuvo que sujetarlo para que no arrancara los tubos de su propio cuerpo intentando llegar a mí.
Morí a las 4:37 de la madrugada.
Sepsis por una bacteria hospitalaria resistente. Irónico, ¿no? Vine a cuidar a alguien que se moría y el hospital me mató.
Mateo salió del hospital tres semanas después. Caminando. Vivo. En remisión.
Solo.
En mi funeral, leyó una carta que escribió en una servilleta del hospital, de esas donde me enseñaba a dibujar:
*”Laura me enseñó que vivir no es la cantidad de días que respiras, sino la cantidad de momentos que te quitan el aliento. Ella tuvo 32 años, pero vivió más en un mes que la mayoría en toda una vida. Me salvó cuando yo creía que era ella quien necesitaba salvarse. Y aunque el universo sea cruel y absurdo, y aunque me quite a la única persona que me hizo querer vivir justo cuando yo aprendí a hacerlo… no me arrepiento. Porque conocerla, aunque fuera por tan poco tiempo, valió cada segundo de dolor que viene después.”*
Hoy, dos años después, Mateo sigue vivo. Sigue en remisión. Se hizo un tatuaje de una servilleta con un dibujo terrible de dos personas tomadas de la mano. Abajo dice: “La pareja del 408”.
Dona a organizaciones que combaten las infecciones hospitalarias. Visita el hospital cada mes llevando café decente para las enfermeras que nos cuidaron.
Y cada martes por la tarde, sin falta, se sienta en el banco fuera de urgencias, con dos cafés.
Uno para él.
Y uno para el fantasma de una chica que lo amó tanto que se murió haciéndolo.
La vida es injusta así. A veces salvas a alguien de la muerte y la muerte te cobra la cuenta a ti.
Pero incluso así, valdría la pena.
Siempre valdría la pena
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