El veredicto fue unánime. Rodrigo Vargas fue condenado a 30 años por intento de homicidio agravado, conspiración y fraude. Doña Bernarda, debido a su papel como instigadora y su conocimiento de la química de las hierbas, recibió 25 años. Sofía, como cómplice necesaria, fue sentenciada a 15 años.
El regreso a la mansión De la Vega no fue fácil. Durante semanas, sentía el eco de sus voces en los pasillos. Pero hice cambios radicales. Vendí los muebles antiguos, arranqué las plantas marchitas del jardín y llené cada rincón de flores blancas, luz y música infantil.
La empresa familiar floreció bajo mi mando. Aprendí que ser una buena líder no significaba ser dura, sino ser justa. Pero mi mayor éxito no fue el aumento de los beneficios de la cadena hotelera, sino ver a Mateo y Lucía dar sus primeros pasos en el mismo jardín donde una vez planearon mi fin.
Un año después, recibí una carta desde la prisión. Era de Rodrigo. Pedía perdón, hablaba de su arrepentimiento y de cómo quería ver a sus hijos. No la terminé de leer. La arrojé a la chimenea y vi cómo el fuego consumía las últimas palabras de un hombre que nunca entendió lo que significaba la familia.
Mis hijos nunca sabrán lo que es el miedo. Les contaré la verdad cuando crezcan, pero no como una tragedia, sino como una lección de supervivencia. Les enseñaré que su madre murió una noche para que ellos pudieran vivir para siempre en la luz.
Hoy, mientras el sol se pone sobre los tejados de Madrid y escucho las risas de mis pequeños en la habitación de al lado, me miro al espejo. Ya no busco sombras. Ya no temo al té de la noche. Me sirvo una copa de vino, brindo por mi padre que me cuida desde algún lugar, y sonrío.
La vida es el regalo más caro, y yo me encargué de que nadie me lo robara.
La victoria en los tribunales fue dulce, sí, pero nadie te habla de la resaca emocional que deja sobrevivir a tu propio asesinato. Los periódicos pasaron a otra noticia en un par de semanas, pero para mí, el silencio de la mansión De la Vega era ensordecedor.
Durante el primer año de vida de Mateo y Lucía, no dormí más de dos horas seguidas. No era por el llanto de los bebés —ellos eran unos ángeles, tranquilos y risueños—, sino por mis propias pesadillas. En mis sueños, el monitor cardíaco nunca volvía a sonar. En mis sueños, veía a Rodrigo y Bernarda llevándose a mis hijos mientras mi cuerpo se enfriaba en aquella camilla. Me despertaba empapada en sudor, corriendo hacia la habitación infantil con un cuchillo de cocina en la mano, comprobando las ventanas, las cerraduras, las sombras.
El Trastorno de Estrés Postraumático no entiende de cuentas bancarias ni de victorias legales.
El Dr. Salazar, que se había convertido en una especie de abuelo adoptivo para los gemelos, me lo advirtió durante una cena en la terraza. Era una noche calurosa de julio en Madrid. —Elena, has ganado la guerra contra ellos, pero estás perdiendo la batalla contra ti misma. Mira tus manos. Mis manos temblaban mientras sostenía la copa de Rioja. —No puedo bajar la guardia, doctor. Bernarda tiene tentáculos. Rodrigo es un cobarde, pero su madre… esa mujer conoce gente en los bajos fondos. Siento que me observan.
No estaba loca. Mi instinto, ese que me salvó la vida, seguía alerta por una razón.
La empresa hotelera iba viento en popa, al menos en la superficie. Me había volcado en el trabajo para no pensar. Reformé el Gran Hotel De la Vega en la Castellana, convirtiéndolo en el referente de lujo de Europa. Despedí a toda la junta directiva que había sido nombrada por influencia de Rodrigo y coloqué a gente leal, gente joven, mujeres brillantes que, como yo, habían sido subestimadas.
Pero entonces, empezaron los “accidentes”.
Primero fue una inspección de sanidad anónima en el hotel de Sevilla justo el día de la Feria de Abril. No encontraron nada, pero el rumor dañó las reservas. Luego, un pequeño incendio en las cocinas del resort en Marbella. Y finalmente, la carta.
No llegó por correo. Apareció debajo de la almohada de la cuna de Lucía.
Era una nota simple, escrita en un papel barato, con una caligrafía temblorosa pero punzante: “La deuda no está saldada. La sangre reclama sangre”.
Esa noche, no llamé a la policía. Llamé a Valeriano, mi abogado, y contraté al mejor equipo de seguridad privada de España, ex agentes del GEO. Si Bernarda quería jugar desde el infierno, yo bajaría al infierno para cerrarle la puerta en la cara.
Parte VI: Crónicas desde el Averno
Mientras yo fortificaba mi vida, la vida de Rodrigo en la prisión de Soto del Real era una narrativa muy diferente, una que me encargué de monitorear a través de contactos. Necesitaba saber que sufría. Puede sonar cruel, pero saber que él pagaba cada lágrima que yo derramé era mi gasolina.
Rodrigo no estaba hecho para la cárcel. Era un “pijo”, un hombre acostumbrado a sábanas de hilo egipcio y a que le sirvieran el desayuno. En el Módulo 4, no era nadie. Peor aún, era “el mataniños”. En el código carcelario, incluso los asesinos y ladrones tienen líneas rojas, y tratar de matar a tu mujer embarazada y a tus hijos te coloca en lo más bajo de la cadena alimenticia.
Me llegaron informes de que Rodrigo pasaba sus días fregando las duchas comunitarias, “protegido” por un capo local a cambio de todo el dinero que le quedaba en su cuenta de economato. Había perdido el pelo, su sonrisa de anuncio se había podrido por la falta de higiene dental y el estrés. Lloraba por las noches, llamando a Sofía, llamando a su madre, llamándome a mí.
Pero la verdadera historia estaba en la prisión de mujeres de Alcalá Meco, donde residía Doña Bernarda.
A diferencia de su hijo, Bernarda no se rompió. Se adaptó. Como una cucaracha que sobrevive a un holocausto nuclear, mi suegra encontró su lugar. Usó su apariencia de anciana devota para ganarse a las funcionarias más ingenuas, organizando el grupo de rosario de la capilla. Pero en las sombras, traficaba con información. Bernarda sabía secretos de medio Madrid gracias a los años que pasó sirviendo té y escuchando detrás de las puertas en las fiestas de la alta sociedad.
Fue Valeriano quien descubrió la conexión. —Elena, tenemos un problema —me dijo una mañana en mi despacho—. Hemos rastreado el origen de la nota que apareció en la cuna. No fue Bernarda directamente. Fue un recadero. Pero la orden salió de Alcalá Meco. Bernarda está vendiendo secretos de antiguos socios de tu padre a cambio de favores fuera de la cárcel. Está intentando destruir tu reputación empresarial para que las acciones bajen y un grupo inversor “fantasma” compre la cadena a precio de saldo.
—¿Qué grupo inversor? —pregunté, sintiendo la bilis subir por mi garganta. —Uno testaferro. Pero sospechamos que detrás está un antiguo amante de Bernarda. Un hombre poderoso del sector inmobiliario que pensábamos que estaba retirado: Don Anselmo Cifuentes.
Todo encajaba. Bernarda no buscaba solo venganza emocional; buscaba recuperar el dinero que creía suyo. Incluso encerrada, su codicia era el motor que mantenía latiendo su corazón negro.
Decidí que no iba a esperar a que me atacaran de nuevo. Había aprendido que la defensa es para los débiles; yo había nacido para el ataque.
Organicé una gala benéfica en el hotel principal. Invité a toda la creme de la creme de Madrid, incluyendo a Don Anselmo Cifuentes, el supuesto aliado de Bernarda. Sabía que él vendría. La curiosidad y la arrogancia de ver a la “viuda alegre” caer eran demasiado tentadoras.
La noche de la gala, el salón de baile resplandecía. Candelabros de cristal, música de violines en vivo, y yo, vestida con un traje de terciopelo rojo sangre, recibiendo a los invitados con una sonrisa que no llegaba a mis ojos
Él sonrió, mostrando unos dientes amarillentos. —A veces el fuego es incontrolable. Bernarda me manda saludos, por cierto. Dice que reza por usted. —Dígale que guarde sus oraciones para su juicio final. Y usted, Don Anselmo, debería preocuparse por el suyo.
En ese momento, hice una señal al jefe de seguridad. Las pantallas gigantes del salón, que mostraban fotos de las obras benéficas de la fundación, cambiaron de repente.
La música se detuvo. Un murmullo recorrió la sala.
En las pantallas apareció un video. No era de alta calidad, parecía grabado con una cámara oculta o un móvil de contrabando. Era Bernarda, en el patio de la prisión, hablando con un abogado corrupto. “Anselmo tiene que presionar a los proveedores. Que corten el suministro de alimentos frescos. Si Elena no puede dar de comer en sus hoteles, se hunde en un mes. Y dile que el 20% de la compra será para mi cuenta en Suiza. Que no se olvide de quién le presentó al Ministro de Urbanismo en el 98”.
El silencio en el salón fue absoluto. Don Anselmo palideció, soltando su copa de champán, que se hizo añicos contra el suelo.
—Damas y caballeros —mi voz resonó por los altavoces—. Lo que acaban de ver es la prueba de una conspiración para alterar el mercado libre y cometer fraude corporativo. La Guardia Civil, que está esperando en el vestíbulo, estará encantada de escuchar sus explicaciones, Don Anselmo.
Fue una jugada maestra. Había sobornado a una reclusa compañera de Bernarda para que grabara esa conversación semanas atrás. Había esperado el momento perfecto.
Ver a Don Anselmo ser esposado frente a toda la sociedad madrileña fue el golpe de gracia. Pero faltaba una cosa. Faltaba mirar a la bestia a los ojos una última vez.
Dos días después, fui a Alcalá Meco.
El locutorio era frío, con ese olor característico a lejía y desesperanza. Me senté frente al cristal blindado. Bernarda entró arrastrando los pies. Había envejecido diez años en los últimos meses. Su plan había fallado, su aliado había caído, y ahora sabía que yo era intocable.
Se sentó y agarró el teléfono. Yo hice lo mismo.
—Te ves cansada, Bernarda —dije. Ella escupió al cristal. —Maldita seas, Elena. Maldita seas tú y tus bastardos. —Mis hijos tienen nombre. Y tienen un futuro. Algo que tú ya no tienes. He hablado con el director de prisiones. Debido a tu intento de coordinar delitos desde dentro, te van a trasladar. Bernarda abrió los ojos con pánico. —¿Trasladar? ¿A dónde? —A una prisión en el sur. Módulo de aislamiento. Sin compañeras a las que manipular, sin teléfono, sin visitas. Solo tú y tus pensamientos, Bernarda. Vas a tener mucho tiempo para rezar.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Soy una anciana! —Eres una asesina. Y esto es piedad comparado con lo que tú planeaste para mí. Te dejé vivir, Bernarda. Aprovecha esa vida para arrepentirte.
Colgué el teléfono mientras ella golpeaba el cristal, gritando obscenidades que se ahogaban tras el vidrio de seguridad. Me levanté, me alisé la falda y salí de allí sin mirar atrás. Al salir al sol de la tarde, respiré hondo. El aire nunca había olido tan limpio.
El tiempo tiene una forma curiosa de sanar, no borrando las cicatrices, sino haciéndolas parte de tu mapa de vida.
Diez años habían pasado desde aquella noche en el hospital. Estaba sentada en el jardín de la mansión, viendo cómo Mateo y Lucía, ahora de diez años, corrían persiguiendo a nuestro perro, un Golden Retriever llamado “Justo”.
Mateo tenía la inteligencia analítica de su abuelo. Lucía tenía mi temperamento y mis ojos. Eran niños felices, rodeados de amor, arte y cultura. Nunca les mentí sobre su padre, pero esperé el momento adecuado.
Esa tarde, Mateo se acercó, sudoroso y jadeante. —Mamá, en el colegio un niño dijo que mi papá está en la cárcel porque era malo. ¿Es verdad?
Sentí una punzada en el pecho, pero estaba preparada. Les hice señas para que se sentaran a mi lado en el banco de piedra. —Vuestro padre… —empecé, buscando las palabras—, fue un hombre que se perdió. Quería cosas, cosas materiales, más de lo que quería a las personas. Y cuando uno ama más al dinero que a su familia, comete errores terribles. Sí, está en prisión porque hizo daño a gente. Me hizo daño a mí. Pero vosotros no sois él.
Lucía me miró con seriedad. —¿Él nos quería? —Él no sabía querer, Lucía. Esa es su tragedia, no la vuestra. Vosotros sois fruto de mi fuerza, no de su debilidad. Tenéis mi sangre, la sangre de vuestro abuelo De la Vega, y sobre todo, tenéis vuestro propio corazón.
Los abracé. Ya no había miedo. Rodrigo había muerto en prisión hacía dos años, en una pelea por una deuda de juego. Nadie reclamó el cuerpo. Bernarda seguía viva, pero su mente se había ido; la demencia senil la había atrapado en un bucle donde revivía sus días de gloria, sola en una celda acolchada.
Sofía salió tras cumplir parte de su condena, pero nadie quiso contratarla. La última vez que supe de ella, trabajaba limpiando mesas en un bar de carretera en la costa, envejecida y amargada. El destino, al final, puso a cada uno en su sitio.
Yo no me volví a casar. Tuve amantes, sí, hombres buenos que entendían mi independencia y respetaban mi pasado, pero mi corazón estaba completo con mis hijos y mi misión. Había creado una fundación para mujeres en riesgo de exclusión y víctimas de violencia doméstica. Usaba mi experiencia y mi fortuna para darles a otras las herramientas que yo tuve que forjar en la oscuridad.
El Dr. Salazar, ya retirado, venía todos los domingos a comer paella. Era la única figura paterna que mis hijos necesitaban.
Esa tarde, mientras el sol se ponía pintando el cielo de Madrid de tonos violetas y naranjas, miré mi reflejo en la puerta acristalada del salón. Vi las arrugas finas alrededor de mis ojos, marcas de risas y de preocupaciones, marcas de vida.
Recordé el pitido del monitor. Pi… pi… pi… Aquel sonido que marcó mi fin, fue en realidad mi comienzo.
Me levanté y llamé a los niños. —¡A cenar! Hoy he hecho yo el postre. —¡No serán tus galletas quemadas! —bromeó Mateo corriendo hacia la casa. —¡Respeto a la chef! —grité riendo.
Entré en la casa, cerrando la puerta tras de mí. La casa estaba cálida, iluminada, viva. Y por fin, totalmente mía.