MIS SUEGROS CAMBIARON LA CERRADURA DE MI DEPARTAMENTO PARA ‘TENER PRIVACIDAD’, PERO NO SABÍAN QUE YO LO HABÍA VENDIDO ESA MISMA MAÑANA CON ELLOS ADENTRO

Dicen que “el muerto y el arrimado a los tres días apestan”, pero mis suegros llevaban tres años viviendo en mi departamento de soltera y olían a dueños absolutos.

Soy Marina. Soy arquitecta y, antes de casarme con Javier, compré con mis ahorros un hermoso departamento en el centro de la ciudad. Cuando nos casamos y nos mudamos a una casa más grande en las afueras, cometí el error de mi vida: ofrecí mi departamento vacío a mis suegros, Don Luis y Doña Marta.
—”Es solo por unos meses, hija” —me dijo Doña Marta con cara de cordero degollado—. “Hasta que Luis resuelva lo de su pensión y podamos alquilar algo. Te lo cuidaremos como si fuera oro”.

Javier, mi esposo, me suplicó.
—”Son mis padres, Marina. No pueden estar en la calle. No te vamos a cobrar renta, claro, pero ellos pagarán los servicios”.

Acepté. Grave error.
Los “meses” se convirtieron en años.
Al principio, todo iba bien. Pero poco a poco, empezaron a adueñarse del espacio. Primero, pintaron las paredes de un color salmón horrible sin consultarme. Luego, tiraron mis muebles “modernos e incómodos” y trajeron sus sillones viejos y polvorientos.
Cada vez que yo iba a revisar el estado del inmueble, Doña Marta me hacía sentir como una intrusa.
—”Ay, Marina, ¿otra vez aquí? Justo iba a trapear. Mejor ven otro día” —me decía desde la puerta, sin dejarme pasar.

Javier siempre los defendía.
—”Déjalos, amor. Ya están viejos. Es su espacio ahora. No los molestes”.
—¿Su espacio? —le reclamaba yo—. ¡Es mi casa! ¡Yo pago el impuesto predial! ¡Yo pago el mantenimiento del edificio!

La gota que derramó el vaso ocurrió la semana pasada.
Necesitaba unos documentos viejos que había dejado en una caja fuerte empotrada en el armario de la habitación principal del departamento. Le avisé a Javier que iría.
Llegué al edificio. Saludé al portero, que me miró con pena.
Subí al piso 4. Metí mi llave en la cerradura.
No giraba.
Lo intenté de nuevo. Nada. La llave no entraba.

Toqué el timbre.
Nadie abría. Toqué más fuerte.
Finalmente, Doña Marta abrió la puerta, pero solo una rendija, con la cadena de seguridad puesta.
—¿Qué pasa con este escándalo? —preguntó molesta.
—Marta, soy yo. Mi llave no funciona. Necesito entrar por mis papeles.
—Ah, sí —dijo ella con una sonrisa cínica—. Cambiamos la cerradura la semana pasada. Luis dijo que no era seguro que tú tuvieras llave y entraras cuando quisieras. Necesitamos privacidad. Somos personas mayores.

Me quedé helada.
—¿Perdón? ¿Cambiaron la cerradura de mi casa para que yo no entrara?
—Es nuestro hogar, Marina. Llevamos aquí tres años. La ley dice que ya tenemos derechos. Si quieres venir, tienes que llamar con 24 horas de anticipación y nosotros te diremos si estamos disponibles. Hoy no se puede. Estamos viendo la novela.

Me cerró la puerta en la cara.
Escuché el cerrojo correr.
Sentí una furia tan grande que las manos me temblaban. Llamé a Javier.
—”Javier, tus padres cambiaron la cerradura. Dicen que no puedo entrar”.
—”Ay, Marina, no exageres” —suspiró él, cansado—. “Entiéndelos, quieren sentirse seguros. Llámales mañana y pídeles permiso. No hagas un drama”.

¿Permiso? ¿Pedir permiso para entrar a mi propiedad, que ellos ocupan gratis, habiéndome cambiado la cerradura?
En ese momento, algo se rompió dentro de mí. No solo mi paciencia con mis suegros, sino mi respeto por mi esposo pusilánime.

Bajé al vestíbulo. Me senté en una banca.
Recordé que hacía meses, un inversor inmobiliario, el Sr. Cárdenas, me había estado persiguiendo para comprar ese departamento. Ofrecía una suma exorbitante porque quería unirlo con el de al lado para hacer un penthouse. Yo siempre le había dicho que no, por “la familia”.

Saqué mi celular. Llamé a Cárdenas.
—¿Sigue interesada la oferta? —pregunté.
—Sí, arquitecta. Pero la quiero ya.
—La tienes. Pero hay una condición. El precio baja un 20% si usted firma hoy mismo y se encarga del “problema de ocupación”. Lo vendo como “propiedad ocupada”. Usted se encarga del desalojo.
—Trato hecho —dijo él—. Tengo un equipo de abogados expertos en desalojos exprés. Firmo ahora.

Fui a la notaría esa misma tarde. Sin decirle a Javier. Sin decirle a mis suegros.
Firmé la venta. Recibí la transferencia. Entregué las copias de las llaves viejas y le dije al Sr. Cárdenas:
—Buena suerte. La cerradura nueva es marca Blindatex.

Ayer por la mañana, el infierno se desató.
Yo estaba en mi oficina cuando Javier me llamó, gritando.
—¡Marina! ¡¿Qué está pasando?! ¡Mi mamá me llamó llorando! ¡Dice que hay unos hombres tirando la puerta abajo! ¡Dicen que son los dueños! ¡La policía está ahí!

—Tranquilo, Javier —le dije, tomando un sorbo de té—. Dile a tu mamá que no se preocupe por la privacidad. Ahora va a tener mucha privacidad en la calle.
—¿Qué hiciste?
—Vendí el departamento.
—¡¿Qué?! ¡No puedes vender la casa de mis padres!

—No era la casa de tus padres, Javier. Era mi departamento. Y como ellos cambiaron la cerradura y me dijeron que tenía que pedir permiso para entrar, decidí que ya no quería tener que pedir permiso. Así que lo vendí. El nuevo dueño, el Sr. Cárdenas, no es tan paciente como yo.

Javier corrió al departamento. Llegó tarde.
El equipo de Cárdenas ya había entrado (legalmente, con escrituras en mano y cerrajeros). Mis suegros estaban en la acera, sentados sobre sus sillones viejos, rodeados de cajas. Doña Marta lloraba a gritos diciendo que era un abuso. Don Luis amenazaba con demandar.

Pero Cárdenas es un tiburón. Les mostró que, al no haber contrato de alquiler y al haber cambiado la cerradura sin permiso del dueño, habían incurrido en despojo, lo que facilitó el desalojo inmediato bajo la nueva ley de propiedad.

Javier llegó a casa anoche, furioso.
—¡Eres una desalmada! —me gritó—. ¡Mis padres están en un hotel barato! ¡Perdieron sus muebles! ¡¿Cómo pudiste?!

—Ellos cambiaron la cerradura, Javier —le repetí—. Ellos dijeron: “Es nuestro hogar”. Bueno, ahora tienen que buscarse otro. Y por cierto…
Saqué una maleta que ya tenía lista en la puerta.
—Yo también cambié la cerradura de esta casa.
—¿Qué? —Javier me miró confundido.

—Esta casa en las afueras… la compré yo también, ¿recuerdas? Tú pagabas la comida, yo pagaba la hipoteca. Y estoy harta de ti y de tu familia parásita. Quiero el divorcio. Tienes tus maletas ahí. Vete al hotel con tus padres. Tienen mucho de qué hablar.

Javier intentó alegar, pero cuando vio que había contratado seguridad privada para la entrada del fraccionamiento, entendió que se había acabado.

Hoy, mis suegros viven en un pequeño cuarto alquilado que Javier paga con su sueldo (que no es mucho). Me culpan de todas sus desgracias. Dicen que soy el diablo.
Pero yo duermo tranquila. Tengo el dinero de la venta del departamento en mi cuenta, mi casa propia para mí sola y, lo mejor de todo: tengo las llaves de mi vida y nadie me las va a volver a cambiar.

¿Fue una venganza justa por cambiarle la cerradura o Marina se pasó al dejarlos en la calle sin aviso previo?

La casa es de quien tiene las escrituras, no de quien se siente cómodo abusando de la confianza. Si estás harto de familiares abusivos, síguenos