MI TÍA CONSTRUYÓ UNA CASA PARA SU HIJO EN MI TERRENO MIENTRAS YO ESTABA DE VIAJE, PERO NO SABÍA QUE YO YA HABÍA VENDIDO ESE LOTE AL GOBIERNO

En mi familia, la tía Rosa siempre tuvo una filosofía de vida muy particular: “Lo tuyo es mío, y lo mío es mío”. Ella y su hijo, Beto, eran los parásitos oficiales del clan. Beto tiene 30 años, tres hijos de diferentes madres y una alergia crónica al trabajo.

Yo soy Damián. Soy ingeniero petrolero y paso seis meses al año en plataformas en alta mar, incomunicado y trabajando turnos brutales. Gracias a ese sacrificio, compré un terreno grande al lado de la casa de mi madre. Mi plan era, algún día, construir ahí unos locales comerciales para mi retiro.

Antes de irme a mi última misión en el Mar del Norte, dejé el terreno cercado y limpio.
La tía Rosa, que vive enfrente, me dijo:
—”Ay, hijo, ese terreno ahí tirado… deberías dejárselo a Beto para que siembre algo o ponga un taller. Le hace falta ayuda”.
—”No, tía” —fui claro—. “Ese terreno es mi inversión. Nadie entra ahí”.

Me fui seis meses.
Regresé ayer.
Cuando el taxi dobló la esquina de mi calle, pensé que el conductor se había equivocado.
Donde debería estar mi terreno baldío cercado, había una construcción. Y no una choza; una casa de dos pisos, pintada de amarillo chillón, con antenas de satélite y una camioneta estacionada en lo que solía ser mi entrada.

Bajé del taxi, hirviendo de furia. Mi madre salió de su casa, angustiada.
—”Damián, hijo… intenté detenerlos, pero Rosa dijo que tú habías dado permiso por teléfono…”
—¿Qué? —grité.

Crucé la calle y golpeé la puerta de la “nueva” casa.
Abrió Beto, en camiseta interior, con una cerveza en la mano.
—¡Primo! —dijo sonriendo con descaro—. ¡Llegaste! ¿Te gusta la sorpresa? Mamá dijo que te ibas a poner feliz de ver que por fin senté cabeza.
Detrás de él apareció la tía Rosa, secándose las manos.
—¡Damián! No hagas esa cara. Mira qué bonito quedó. Gastamos todos los ahorros de mi vida y la indemnización del despido de Beto en los materiales. Levantamos esto en tiempo récord.

—¿Se volvieron locos? —les dije, temblando—. ¡Este es mi terreno! ¡Esto es invasión!
—Ay, no seas egoísta —replicó Rosa, cambiando el tono a uno de víctima—. Tú tienes mucho dinero, ganas en dólares. Beto no tenía dónde vivir con su nueva mujer y el bebé que viene en camino. La familia se ayuda. Además, la ley dice que si construimos de buena fe, no nos puedes echar. Ya está hecho. Ahora es la casa de Beto. Si quieres el terreno, tendrás que pagarnos la construcción.

Me quedé mirándolos.
Estaban tan seguros. Creían que me tenían acorralado. Pensaban que yo, por no pelear o por “amor familiar”, les regalaría la tierra o les pagaría la casa.
Pero entonces, recordé el correo electrónico que recibí hace cuatro meses en la plataforma, y que firmé digitalmente.

Una sonrisa fría se dibujó en mi rostro.
—Tía Rosa, Beto… —dije suavemente—. Tienen razón en una cosa. Yo ya no puedo echarlos.
—¡Ves! —celebró Beto—. Sabía que entrarías en razón. ¡Pásale, tómate una chela!

—No puedo echarlos —continué—, porque ese terreno ya no es mío.
Rosa frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Hace cuatro meses, el Ministerio de Obras Públicas me contactó. Van a ampliar la autopista que pasa detrás. Declararon la zona de utilidad pública. Me ofrecieron un precio excelente por el lote para evitar la expropiación forzosa.
Saqué mi celular y les mostré el documento de compra-venta finalizado.

—Yo vendí este terreno al Estado hace meses, tía. El dinero ya está en mi cuenta de Suiza. Legalmente, ustedes no construyeron en mi terreno. Construyeron en propiedad federal.

Beto soltó la cerveza. Se rompió en el piso.
—¿Q-qué significa eso? —tartamudeó Rosa.

—Significa que yo no tengo que demandarlos —expliqué, mirando mi reloj—. Significa que el equipo de demolición del Ministerio está programado para limpiar la zona… creo que esta semana.

En ese preciso instante, como si fuera una película, se escuchó el estruendo de motores pesados.
Dos excavadoras amarillas gigantes y una patrulla de la Guardia Nacional doblaron la esquina.
El capataz de la obra se bajó con unos planos. Se acercó a nosotros.
—Buenas tardes. ¿Quién es el responsable de esta estructura ilegal? —preguntó el oficial—. Tenemos una orden de demolición inmediata para la ampliación del carril derecho. Este lote figura como “baldío” en nuestros registros de compra.

Rosa se puso histérica.
—¡No! ¡Es mi casa! ¡Gasté 40.000 dólares aquí! ¡Mi hijo vive aquí!
—Señora, usted invadió propiedad del Estado —dijo el oficial sin inmutarse—. Tiene 30 minutos para sacar a las personas y a los animales. Si se resiste, será arrestada por obstrucción de obra pública y daños a la nación.

Me giré hacia ellos.
—Les dije que no entraran —les recordé—. Si me hubieran preguntado, les habría dicho que el terreno estaba vendido. Pero su avaricia y su costumbre de tomar lo ajeno les ganó.
—¡Damián, haz algo! —chilló Beto, llorando—. ¡Devuélveles el dinero! ¡Compra el terreno de vuelta!

—Imposible. El contrato está cerrado. Y yo no voy a gastar mi dinero en salvar su estupidez.

Me fui a casa de mi madre, me senté en el porche con una limonada y observé.
Fue el espectáculo más caro y doloroso que he visto, pero no pude apartar la mirada.
En una hora, la casa amarilla estaba en el suelo.
Las excavadoras no tuvieron piedad. Los ahorros de toda la vida de la tía Rosa y la liquidación de Beto se convirtieron en escombros y polvo en cuestión de minutos.

Intentaron demandarme. El juez se rio en su cara: “Nadie les mandó construir en terreno ajeno sin permiso y sin verificar el registro de propiedad”.
Hoy, la autopista pasa justo por donde estaba su sala de estar.
La tía Rosa y Beto viven ahora en un cuarto alquilado, peleados con todo el mundo. Yo sigo trabajando, con mi dinero seguro, y compré otro terreno… esta vez en un barrio privado con seguridad armada, lejos de la familia.

¿Fue culpa de Damián por no avisarles que había vendido el terreno, o la culpa es 100% de la tía por invadir sin permiso?

La viveza tiene un límite, y ese límite suele ser una excavadora del gobierno. Si crees que hay que respetar la propiedad privada, comparte esta historia