MI SUEGRA TRAJO A LA EX DE MI ESPOSO A LA CENA Y DIJO: ‘ELLA SÍ FUNCIONA, NO COMO TÚ’. NO SABÍA QUE EL DEL PROBLEMA ERA SU ‘MACHO’
Durante cinco años, he cargado con una letra escarlata en la frente. En cada reunión familiar, en cada Navidad, en cada Día de la Madre, yo era “la seca”, “la rama muerta”, la mujer que no podía darle un nieto a la ilustre familia Montenegro.
Mi suegra, Doña Amalia, es de esas mujeres que creen que el único propósito de una nuera es parir herederos. Desde que me casé con Ricardo, su único hijo varón, la presión fue asfixiante.
—¿Y para cuándo el bebé? —preguntaba al mes de casados.
—Se te está pasando el arroz, mijita —decía al año.
—Ricardo necesita trascender, y tú lo estás estancando —me dijo a los tres años.
Yo aguantaba. Bajaba la cabeza, sonreía con tristeza y dejaba que me culparan. Ricardo, mi esposo, me apretaba la mano debajo de la mesa, pero nunca, jamás, abría la boca para defenderme. Yo pensaba que era por respeto a su madre. Qué equivocada estaba; era por pura cobardía.
El domingo pasado, el infierno se desató.
Doña Amalia convocó a una “cena especial” en su casa.
—Vengan arreglados —dijo por teléfono—. Tengo una sorpresa que va a solucionar todos nuestros problemas.
Llegamos puntuales. La mesa estaba servida con la vajilla de gala. Pero había un tercer plato puesto.
No tuvimos que esperar mucho. El timbre sonó y Doña Amalia corrió a abrir con una emoción que nunca tuvo conmigo.
Entró Karina.
La exnovia de la preparatoria de Ricardo. La que Doña Amalia siempre adoró. Karina venía con un vestido ajustado y, lo más impactante, empujando una carriola con un bebé precioso de unos seis meses.
—¡Miren quién vino! —exclamó mi suegra, aplaudiendo—. Karina se acaba de mudar de regreso al barrio. Se divorció hace poco y… bueno, está sola con su angelito.
Sentí que el aire me faltaba. Ricardo se puso pálido, pero se quedó sentado como una estatua.
La cena fue una tortura psicológica diseñada milimétricamente. Doña Amalia no paraba de elogiar a Karina: “Mira qué piel tan lozana tiene”, “Mira qué caderas tan buenas para parir”, “Ese bebé es una bendición, se parece tanto a Ricardo cuando era chiquito”.
Yo intenté mantener la compostura, cortando mi carne en pedazos minúsculos para no gritar.
Pero el golpe final llegó con el postre.
Doña Amalia se levantó, tintineó su copa y soltó la bomba.
—He estado pensando mucho en el futuro de este apellido —dijo, mirándome con desdén—. Y la realidad, hija, es que tú no funcionas. Eres como una tierra árida donde nada crece. Ricardo es un hombre viril, fuerte, un Montenegro de pura cepa. Él merece descendencia.
Hizo una pausa dramática y señaló a Karina.
—Karina es una mujer fértil. Ya lo demostró. Y todavía es joven. He hablado con ella y, por el cariño que le tuvo a Ricardo, estaría dispuesta a… intentarlo de nuevo.
—¿Qué estás diciendo, mamá? —susurró Ricardo, sudando frío.
—Estoy diciendo que te divorcies de esta mula —me señaló con el dedo, escupiendo la palabra—. Divórciate de Mariana. Ella te está matando el linaje. Cásate con Karina. Yo me encargaré de los gastos. Necesito nietos de mi sangre, no lástimas.
El silencio fue absoluto. Karina sonreía tímidamente, cómplice de esta locura. Yo miré a Ricardo. Esperé. Esperé a que golpeara la mesa. Esperé a que le dijera a su madre que me amaba a mí, con o sin hijos. Esperé a que tuviera la decencia de decir la verdad.
Pero Ricardo bajó la cabeza.
—Mamá, no es tan fácil… Mariana es buena esposa…
—¡Buena esposa es la que da hijos! —gritó Doña Amalia—. ¡Mírala! ¡Está seca! ¡Tú necesitas una mujer de verdad, no esto!
Algo se rompió dentro de mí. No fue el corazón; fue la lealtad estúpida que me había mantenido callada durante cinco años para proteger el frágil ego de mi marido.
Me levanté despacio. Saqué mi celular y abrí un archivo PDF que guardaba en la nube desde hacía tres años.
—Tienes razón, Doña Amalia —dije con una calma que asustó a todos—. El tema de la fertilidad es muy importante. Y creo que es hora de aclarar por qué no hay “Montenegros” corriendo por la casa.
—¡Mariana, no! —suplicó Ricardo, levantándose de golpe. Sus ojos eran de puro terror.
—Siéntate, Ricardo —ordené. Y por primera vez en mi vida, me obedeció.
Caminé hacia Doña Amalia y le puse el celular frente a la cara.
—Lee esto. Es el espermatobioscopía y el perfil genético que nos hicimos en la clínica de fertilidad hace tres años.
Mi suegra entrecerró los ojos.
—¿Qué es esto? Yo no entiendo de números.
—Déjame traducírtelo —le arrebaté el teléfono—. Diagnóstico: Azoospermia secretora severa e irreversible. Ricardo no tiene conteo de espermatozoides. Tiene una condición genética llamada Síndrome de Klinefelter. Sus testículos no producen vida, Amalia. Ricardo es estéril. 100% estéril.
Doña Amalia se tambaleó. Se agarró de la silla.
—¡Mentira! ¡Mi hijo es un macho! ¡Tú eres la enferma! ¡Seguro falsificaste esto!
—Tengo los estudios de tres laboratorios diferentes —continué implacable—. Yo soy fértil. Mis ovarios están perfectos. Podría tener diez hijos si quisiera. Pero durante cinco años, tu “macho” me pidió llorando que no dijera nada. Me suplicó que cargara yo con la culpa porque le daba vergüenza que sus amigos y su madre supieran que él “no disparaba balas de verdad”.
Me giré hacia Ricardo, que lloraba con la cabeza entre las manos.
—Lo protegí, Amalia. Aguanté tus insultos, tus indirectas, tus “arroz pasado”, tus “rama seca”. Me dejé humillar para que él siguiera siendo el hombre de la casa ante tus ojos. ¿Y cómo me paga? Dejando que me llames “mula” en mi cara y me quieras cambiar por su ex.
Miré a Karina, que ya no sonreía. Parecía querer desaparecer.
—Y por cierto, Karina… si Ricardo se casa contigo, suerte. Porque a menos que ese bebé sea del Espíritu Santo o de otro hombre, será el único niño que verás en esa casa. El apellido Montenegro muere con Ricardo. Fin del linaje.
Tomé mi bolso.
—Ricardo, quiero el divorcio. Y no te preocupes, no voy a pedirte nada material. Solo voy a llevarme mi dignidad, que es lo único que tú nunca tuviste. Ah, y Amalia… la próxima vez que quieras hablar de “mujeres que funcionan”, asegúrate de que tu hijo funcione primero.
Salí de esa casa escuchando el grito desgarrador de Doña Amalia: “¡NOOOO! ¡MI SANGRE!”.
Un grito de dolor, no por perder a su nuera, sino por perder su fantasía de inmortalidad genética.
Han pasado dos días. Ricardo está durmiendo en un hotel porque su madre no puede ni verlo a la cara; la vergüenza de tener un hijo “defectuoso” (según su mentalidad retrógrada) es mayor que su amor de madre.
Yo estoy en mi departamento, sola, tomando una copa de vino.
Sí, no tengo hijos. Pero por primera vez en cinco años, tampoco tengo un hijo gigante de 35 años al que cuidar y proteger de sus propias mentiras. Soy libre. Y mi vientre, si algún día decido usarlo, será con un hombre que tenga los pantalones bien puestos.
¿Hice bien en revelar el secreto médico de mi esposo frente a todos, o debí guardar silencio a pesar de la humillación?
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