MI MADRE ME ESCUPIÓ EN LA CARA POR ADVERTIRLE QUE SU ‘HIJO DE ORO’ LE ESTABA ROBANDO TODO
Siempre supe que en la mesa de mi madre había dos tipos de platos: la porcelana fina para Rodrigo y los desechables para mí. No importaba que yo viviera a tres calles y viniera a limpiarle la casa, a llevarla al médico o a escuchar sus quejas sobre la soledad. No. Lo único que importaba era cuándo vendría Rodrigo, mi hermano mayor, el “empresario exitoso” que vivía en la capital y que aparecía cada dos meses con una botella de vino barato y una sonrisa de comercial de dentífrico.
La dinámica era clara: Rodrigo era el sol y yo era la sombra que barría la suciedad que el sol dejaba.
El conflicto estalló hace tres semanas. Mi madre, Doña Carmen, decidió que era hora de arreglar la herencia “en vida”. Su salud estaba decayendo; la diabetes le estaba cobrando factura y, en un arranque de dramatismo, convocó a una reunión familiar con un notario amigo de la familia.
—Quiero dejar todo listo —dijo ella, con esa voz temblorosa que usaba para manipular—. No quiero que cuando yo falte, las “envidias” (me miró a mí) destruyan lo que tu padre y yo construimos.
Lo que “construyeron” era una casa colonial grande en el centro, dos terrenos en la costa y una cuenta de ahorros que, según ella, era su seguro de vida.
—La casa y los terrenos pasarán a nombre de Rodrigo inmediatamente —sentenció mi madre, firmando el aire con su dedo índice—. Él sabe de negocios. Él sabrá multiplicarlo. Tú, Lucía… bueno, a ti te dejo el usufructo del cuarto de servicio por si alguna vez te quedas sin dónde vivir, porque con ese trabajo de “costurera” que tienes, dudo que llegues lejos.
Rodrigo, sentado en el mejor sillón con su traje azul impecable, fingió humildad.
—Mamá, no es necesario… pero si es tu voluntad, yo me encargaré de cuidar el patrimonio. Lucía no tiene cabeza para esto.
Sentí el calor subirme por el cuello. No por la casa. La casa me daba igual. Era el descaro. Porque yo sabía algo que mi madre se negaba a ver.
—Mamá, no firmes eso —dije, con la voz más firme que pude reunir.
El silencio en la sala fue sepulcral. El notario se ajustó los lentes. Rodrigo soltó una risita nerviosa.
—Ay, Lucía, por favor. No empieces con tus celos de hermana menor.
—No son celos —me levanté y saqué de mi bolso un sobre manila que me había quemado las manos durante todo el trayecto—. Mamá, Rodrigo no es empresario. Rodrigo está en quiebra desde hace dos años.
Mi madre golpeó la mesa.
—¡Cállate! ¡Eres una víbora! ¡No soportas ver brillar a tu hermano!
—¡Le debe dinero a medio mundo, mamá! —grité, lanzando los papeles sobre la mesa de centro—. ¡Esos son estados de cuenta! Rodrigo falsificó tu firma hace seis meses para hipotecar uno de los terrenos. ¡La notificación de embargo llegó a mi casa porque él puso mi dirección para que tú no te enteraras!
El rostro de Rodrigo palideció. Pasó de ser el hijo dorado a un animal acorralado en un segundo. Miró los papeles y luego a mi madre.
—Es mentira, mamá. Lucía los fabricó. Tú sabes que ella siempre ha querido lo que es mío. Me tiene envidia porque yo sí fui a la universidad y ella se quedó aquí cosiendo dobladillos.
Doña Carmen ni siquiera miró los papeles. Ni uno solo. Levantó la vista hacia mí, con los ojos inyectados en un odio que nunca olvidaré. Se levantó con dificultad, caminó hacia mí y, antes de que pudiera reaccionar, me escupió en la cara.
Sentí la saliva tibia en mi mejilla y el alma se me cayó a los pies.
—Lárgate de mi casa —susurró con veneno—. Eres una mentirosa y una resentida. Tu hermano es un hombre de bien. Si pidió prestado, fue para invertir. Tú no entiendes de negocios porque eres una fracasada. ¡Fuera! ¡Y no vuelvas hasta que te arrodilles a pedirle perdón a tu hermano!
Rodrigo sonrió. Una sonrisa maliciosa, triunfal, mientras guardaba los papeles del embargo en su saco.
Me limpié la cara con el dorso de la mano. No lloré. En ese momento, algo dentro de mí se rompió para siempre, pero no fue por tristeza. Fue el vínculo. Ese hilo tóxico que me ataba a la necesidad de su aprobación se cortó de golpe.
—Está bien, mamá —dije, extrañamente tranquila—. Pero cuando el banco venga por esta casa, porque la hipoteca del terreno no cubrió sus deudas de juego, no me llames. Y otra cosa…
Caminé hacia la puerta y me giré una última vez.
—Ese “trabajito de costurera”… Soy dueña de la fábrica textil que hace los uniformes para las tres escuelas privadas más grandes del estado. Tengo tres sucursales. La camioneta del año que está afuera es mía, no de un cliente. Yo pagué tu cirugía de ojos el año pasado, no el seguro de Rodrigo. Él se gastó el dinero que le diste para eso en un viaje a Cancún con su amante.
El silencio de Rodrigo fue la confirmación. Mi madre se giró hacia él, esperando una negativa, pero él bajó la cabeza.
—Pero no te preocupes —concluí abriendo la puerta—, ya no tendrás que lidiar con mi “envidia”. Quédate con tu hijo de oro. Espero que su brillo te alimente cuando no tengas qué comer.
Salí de esa casa y bloqueé sus números antes de encender el motor.
Han pasado tres semanas.
Ayer, una vecina me contó que el banco puso los sellos de embargo en la puerta de la casa de mi madre. Rodrigo desapareció; dicen que se fue al norte huyendo de unos prestamistas peligrosos, dejándola a ella sola, en la calle, con su diabetes y su orgullo.
Esta mañana recibí una llamada de un número desconocido. Era ella. Llorando. Rogando. Diciendo que “la sangre es más espesa que el agua”, que “madre solo hay una”.
Colgué.
Puede que madre solo haya una, pero dignidad también tengo solo una, y me costó 35 años recuperarla. Hoy duermo tranquila. Ella eligió a su favorito; ahora, que él la mantenga.
¿Hice mal en colgarle el teléfono cuando me pidió ayuda o debí perdonarla porque es una anciana enferma? Los leo.
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