MI HIJA ME PIDIÓ QUE NO LA ENTREGARA EN EL ALTAR PORQUE MI COJERA ‘ARRUINABA LA ESTÉTICA’ DEL VIDEO. ME FUI, PERO ME LLEVÉ EL CHEQUE DE LA FIESTA CONMIGO
Tengo una pierna tres centímetros más corta que la otra y una cicatriz que me recorre desde la pantorrilla hasta el muslo. No me la hice en una guerra, ni en un acto heroico de película. Me la hice trabajando en una fundidora de acero, doblando turnos durante 25 años para que a mi hija, Camila, nunca le faltara un libro, un vestido o una oportunidad.
Esa cojera pagó su carrera de Odontología. Esa pierna “fea” pagó sus frenos, su coche del año y, hasta esta mañana, iba a pagar su boda de ensueño.
Camila se comprometió con Gustavo, un chico de “buena familia” (de esos que tienen apellidos compuestos pero cuentas bancarias vacías). Desde que empezaron los preparativos, noté que yo sobraba.
—Papá, no te pongas esa guayabera, se ve corriente —me decía.
—Papá, mejor no opines sobre el menú, tú solo sabes de tacos.
Me callé. El amor de padre es sordo y ciego. Yo solo quería verla feliz. Desembolsé todos mis ahorros de jubilación, cerca de medio millón de pesos, para pagar el salón más exclusivo de la ciudad, el banquete de cinco tiempos y un grupo musical que cobra lo que yo ganaba en un año.
El golpe final llegó ayer, durante el ensayo de la ceremonia.
Estábamos en la iglesia. Yo estaba emocionado, practicando cómo caminar despacio para no tropezar y hacerla lucir mal. Entonces, Camila se acercó a mí con Gustavo y su futura suegra, una mujer que me mira como si yo fuera el chofer.
—Papá, tenemos que hablar —dijo Camila, mirando su celular para no verme a los ojos—. Estuvimos viendo los videos del ensayo y… bueno, hay un problema.
—¿Qué pasa, hija? ¿El traje no te gusta? Puedo rentar otro.
—No es el traje, papá. Eres tú. O sea… tu forma de caminar.
Se hizo un silencio frío. Gustavo soltó una risita nerviosa.
—Mira, don Manuel —intervino el novio—, la boda tiene una estética muy específica. Todo es simetría, elegancia, fluidez. Y usted… bueno, su cojera rompe el ritmo. En el video se va a ver… raro. Como un péndulo roto.
Sentí un frío en el pecho que no sentía desde el accidente en la fábrica. Miré a mi hija, esperando que lo callara, que lo abofeteara por insultar al hombre que le dio la vida.
Pero ella asintió.
—Papá, es mi día especial. Quiero que sea perfecto. Instagramable. Y el papá de Gustavo, el Licenciado Montemayor, se ofreció a entregarme. Él es alto, elegante y camina bien. Tú puedes esperarme sentado en la primera fila. Incluso es mejor para ti, así no te cansas. ¿Entiendes, verdad? No quiero que te sientas mal, es solo cuestión de… estética.
“Estética”.
La palabra resonó en mi cabeza. Mi dolor, mi sacrificio, mis años de dolor físico para darle todo… reducidos a un problema de “estética” para un video de Instagram.
—¿Me estás pidiendo que me siente y vea cómo otro hombre entrega a mi hija porque te da vergüenza mi pierna? —pregunté, con la voz temblando.
—Ay, papá, no seas dramático. Es solo una caminata de dos minutos. No arruines mi momento con tus sentimentalismos de viejo. Hazlo por mí. Si me quieres, hazte a un lado.
En ese momento, Camila murió para mí. No la chica que estaba frente a mí vestida de blanco, sino la niña que yo cargaba en mis hombros a pesar del dolor. Esa niña desapareció.
—Está bien —dije. Me quité el boutonnière (la flor) de la solapa y lo dejé en la banca—. Tienes razón. No voy a arruinar tu estética.
Me di la vuelta y salí de la iglesia cojeando, sintiendo sus miradas de alivio en mi espalda.
—¡Gracias, papi! ¡Te veo en la fiesta! —me gritó ella.
No fui a la fiesta.
Fui a la oficina del gerente del salón de eventos, que afortunadamente estaba abierta porque preparaban todo para la noche.
El contrato estaba a mi nombre. El cheque estaba firmado por mí.
—Don Manuel, ¿qué hace aquí? La recepción empieza en cuatro horas —me dijo el gerente.
—Vengo a cancelar —dije, sacando mi identificación—. Cláusula 4 del contrato: “El cliente puede cancelar el evento en cualquier momento antes del inicio del mismo, aceptando una penalización del 50% del costo total y el reembolso del resto”.
—Pero… don Manuel, ¡la comida ya está hecha! ¡Los meseros están poniendo las mesas! ¡Es la boda de su hija!
—No, no es la boda de mi hija. Es un evento estético al que no fui invitado porque rompo la simetría. Cancele todo. Apague las luces. Retire el alcohol. Que los músicos se vayan. Quiero mi reembolso del 50% transferido a mi cuenta hoy mismo.
—Se va a armar un escándalo…
—Ese no es mi problema. Es problema del Licenciado Montemayor. Seguro él puede pagarlo, es muy elegante.
Me fui a mi casa, me serví un tequila y apagué el celular.
A eso de las 8:00 PM, el teléfono de casa (que olvidé desconectar) empezó a sonar como loco.
Lo dejé sonar.
Luego vinieron los golpes en la puerta. Eran Camila y Gustavo. Gritaban. Lloraban.
—¡Papá! ¡¿Qué hiciste?! —aullaba Camila desde la calle—. ¡Llegamos al salón y estaba cerrado! ¡Los invitados están afuera! ¡Es la humillación más grande de mi vida!
Abrí la puerta. Los miré. Camila tenía el maquillaje corrido por el llanto. Gustavo estaba rojo de ira.
—¿Cómo pudiste? —me gritó ella—. ¡Soy tu hija!
—No —le respondí tranquilo, apoyándome en mi bastón—. Tú eres una producción estética perfecta. Y yo soy un viejo cojo que no encaja en tu video. Pídele al papá de Gustavo que pague la fiesta. O mejor aún, sube una foto a Instagram explicando que tu padre no era lo suficientemente “simétrico” para pagar la cuenta.
—¡Papá, perdóname, estaba nerviosa! —intentó cambiar la táctica—. ¡Por favor, reactiva todo! ¡Aún estamos a tiempo para la cena!
—El cheque ya fue cancelado, Camila. Y con el 50% que recuperé, me voy a ir de viaje. A una playa donde a nadie le importe cómo camino. Y otra cosa…
Señalé el coche de Gustavo.
—Ese coche está a mi nombre también. Mañana vengo por él. Si quieren estética, empiecen a caminar. Les va a hacer bien para las piernas.
Cerré la puerta.
Llevan dos días mandándome audios pidiendo piedad. Dicen que su reputación social está destruida, que todos en la ciudad se burlan de la “boda fantasma”.
Yo estoy haciendo las maletas. Cancún me espera. Y pienso cojear por la arena con la cabeza muy en alto.
¿Creen que el castigo fue excesivo al arruinarle el día más importante de su vida, o ella se lo merecía por superficial?
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