“MI HERMANA SE BURLÓ DE LO QUE ME DEJÓ LA ABUELA, PERO AHORA LLORA PIDIENDO PERDÓN”

Siempre supe que en mi familia había clases sociales, aunque todos lleváramos el mismo apellido. Mi hermana, Vanesa, era la “niña de oro”. Rubia como la abuela Leonor, ojos claros, delicada. Yo, en cambio, salí con la piel morena de mi padre, ese hombre al que la abuela nunca terminó de aceptar del todo. Desde niñas, la diferencia fue brutal. Si Vanesa rompía un plato, era un “accidente gracioso”. Si yo sacaba un 9 en matemáticas en lugar de un 10, era una “mediocre sin futuro”.

Crecí siendo la sombra, la sirvienta no remunerada de una matriarca cruel y clasista. Cuando la abuela Leonor enfermó de cáncer, ¿quién creen que la cuidó? Vanesa estaba “muy ocupada” viajando por Europa con el dinero que la misma abuela le enviaba a escondidas. “Vanesa es un espíritu libre, Sofía, ella no está hecha para limpiar vómitos como tú”, me decía la abuela mientras yo le cambiaba los pañales. Y yo, estúpida, lo hacía por un sentido del deber que ahora me parece ridículo.

La abuela murió un martes lluvioso. Vanesa llegó al funeral vestida de negro riguroso, pero con un bolso de marca que costaba más que mi coche entero. Lloró, gritó, se tiró sobre el ataúd. Una actuación digna de un Oscar. Yo no derramé ni una lágrima. Mi duelo lo había vivido en vida, cada noche que ella me insultaba mientras yo le daba sus medicinas.

La lectura del testamento fue el evento social del año en nuestro pueblo. Había tíos, primos lejanos y, por supuesto, Vanesa, sentada en primera fila con una sonrisa que intentaba disimular, pero sus ojos brillaban de codicia. Todos sabíamos que la abuela tenía dinero. Tierras, la casona colonial en el centro, joyas antiguas.

El notario, un hombre seco y antiguo amigo de la familia, abrió el sobre.

—A mi querida nieta Vanesa —leyó—, orgullo de mi estirpe y reflejo de mi juventud, le dejo la totalidad de mis bienes inmuebles: La Casona de Los Álamos, los departamentos en la capital y todas las joyas contenidas en la caja fuerte principal.

Vanesa soltó un chillido de emoción y me miró de reojo. Una mirada de “gané, perdedora”.

—A mi nieta Sofía —continuó el notario, y se hizo un silencio sepulcral—, quien estuvo conmigo hasta el final, le dejo el contenido del viejo baúl de madera que guardo en el ático, y la propiedad ubicada en el kilómetro 40 de la carretera vieja, conocida como ‘El Pedregal’.

Se escucharon risitas. “El Pedregal” era un terreno baldío, lleno de piedras y matorrales secos, donde la abuela solía tirar la chatarra vieja. No valía ni dos pesos. Vanesa se acercó a mí al salir, con las llaves de la mansión en la mano.

—Ay, Sofi, lo siento tanto —dijo con ese tono condescendiente que me hervía la sangre—. Pero bueno, al menos tienes donde ir a tirar basura. Si necesitas dinero, quizás pueda contratarte para que limpies la Casona. Ya tienes experiencia.

Me fui sin decir nada. Me tragué el orgullo y la rabia.

Fui al ático a buscar el famoso baúl. Era una caja apolillada llena de álbumes de fotos viejas, cartas de amor de gente que no conocía y ropa con olor a naftalina. En el fondo, encontré una caja de zapatos cerrada con cinta adhesiva. Dentro no había dinero, ni joyas. Solo un cuaderno viejo y unas llaves oxidadas.

El cuaderno era un diario de la abuela. Empecé a leerlo con desgana, pero en la tercera página me quedé helada. La abuela no era rica de cuna como siempre presumió. Su fortuna venía de “negocios” turbios de su difunto esposo, mi abuelo, quien había sido prestamista. Pero lo más fuerte venía al final.

Resulta que la abuela tenía una doble vida financiera. “La vanidad cuesta cara”, escribió. Para mantener el estilo de vida de Vanesa y las apariencias sociales, la abuela había hipotecado absolutamente todo. La Casona, los departamentos, todo tenía deudas impagables. Los bancos no habían ejecutado los embargos solo porque ella era una figura pública respetada, pero con su muerte, la protección se acababa.

¿Y ‘El Pedregal’?

Leí la última entrada del diario: “Sé que Vanesa solo quiere el brillo. Sofía es la única que sabe lo que es trabajar la tierra. En ‘El Pedregal’ no hay nada a simple vista, pero bajo esas piedras, en el subsuelo, está la única fuente de agua potable certificada de la región. Vendí los derechos de explotación a una embotelladora hace diez años, pero el contrato estipula que los pagos regalías comienzan a depositarse en la cuenta asociada a la propiedad tras mi muerte. Sofía, perdóname por ser dura. Necesitaba saber si eras fuerte. La riqueza real no se ve, se descubre.”

Junto al diario, estaba el contrato. Millonario. Vitalicio.

Tres meses después, la realidad golpeó. Vanesa me llamó llorando a las tres de la mañana. El banco la estaba desalojando. Las joyas eran réplicas de alta calidad; las originales se habían vendido años atrás para pagar sus viajes a Europa. Vanesa no tenía nada, solo deudas millonarias heredadas y una reputación social hecha pedazos.

—Sofi, por favor, somos hermanas —sollozó—. Me van a quitar todo. Déjame vivir contigo, o préstame algo de lo que sacaste de ese basurero.

Yo estaba en mi nueva oficina, firmando los papeles para mi propia empresa de gestión de aguas. Miré el teléfono y recordé cada insulto, cada vez que me trató como a una criada, y sobre todo, su risa cuando me ofreció trabajo de limpiadora.

—Lo siento, Vanesa —le dije con una calma que me asustó a mí misma—. El testamento fue claro. Tú te quedaste con la imagen de la abuela, y yo me quedé con su realidad. Y como tú dijiste… yo ya tengo experiencia sobreviviendo. Tú no.

Colgué.

Dicen que soy rencorosa. Dicen que debí ayudarla porque “la sangre llama”. Pero la sangre también se pudre si no se cuida. Hoy, ella vive de arrimada con una tía lejana que la detesta, y yo… yo por fin soy libre.

¿Hizo bien Sofía en no ayudar a su hermana cuando lo perdió todo, o la venganza fue demasiado cruel?
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