MI HERMANA FINGIÓ TENER CÁNCER PARA QUE YO LE PAGARA SU ‘ÚLTIMO DESEO’, PERO NO SABÍA QUE YO TRABAJABA EN EL LABORATORIO DONDE SUPUESTAMENTE SE HIZO LOS ANÁLISIS
Hay mentiras piadosas y luego está lo que hizo mi hermana, Karina: una mentira tan macabra que hasta el diablo se persignaría.
Yo soy Sofía, química farmacobióloga. Trabajo en el laboratorio central del hospital más grande de la ciudad. Mi vida es la ciencia, los microscopios y la verdad. Mi hermana Karina, en cambio, siempre fue actriz. No profesional, pero sí de la vida. Era la reina del drama, la “hija frágil” que mis padres protegían a capa y espada.
Hace tres meses, Karina soltó la bomba en una comida familiar.
Llegó pálida, con un pañuelo en la cabeza y temblando.
—”Mamá, papá… los resultados volvieron” —dijo con un hilo de voz—. “Es leucemia. Agresiva. El doctor dice que me quedan seis meses, tal vez menos”.
Mis padres se derrumbaron. Mi madre gritaba, mi padre lloraba en silencio. Yo, en shock, la abracé.
—”Voy a luchar” —dijo ella, secándose las lágrimas—. “Pero el tratamiento es experimental y muy caro. Y… si no funciona… quiero cumplir mi último deseo antes de irme. Quiero casarme con Beto en la playa, con una fiesta grande. Quiero irme de este mundo habiendo sido feliz un día”.
La maquinaria de la lástima se puso en marcha. Mis padres vendieron su coche. Organizaron rifas. Y, por supuesto, vinieron a mí.
—”Sofía, tú tienes ahorros” —me dijo mi madre—. “Tu hermana se muere. Necesitamos 20.000 dólares para el tratamiento inicial y para su boda. Es su despedida. ¿Cómo puedes ser tan egoísta de guardarte el dinero?”
Yo tenía ese dinero destinado para mi maestría en el extranjero. Pero era mi hermana. Era su vida.
—”Está bien” —dije, con el corazón roto—. “Pagaré la clínica y la boda”.
Le transferí el dinero a Karina. Ella me abrazó, llorando.
—”Gracias, hermanita. Nunca lo olvidaré”.
Las semanas pasaron. Karina decía que iba a sus “quimios”. Se rapó la cabeza (dijo que el pelo se le caía y prefirió adelantarse). Publicaba fotos en Facebook con filtros pálidos, hashtags como #Guerrera y #LuchandoPorMiVida. Recibía donaciones de desconocidos, regalos, atención.
Pero había algo que no me cuadraba.
Como trabajadora de salud, noté cosas. No bajaba de peso. Su piel no tenía ese tono grisáceo de los pacientes oncológicos. Y lo más raro: nunca me dejaba acompañarla a las sesiones. “No quiero que me veas sufrir”, decía.
La duda me carcomía. La culpa por dudar me mataba. Hasta que ayer, la curiosidad científica ganó.
Karina dijo que se había hecho un panel completo de sangre en mi hospital, el Hospital General, para monitorear sus “células blancas”.
—”Fui ayer en la mañana, cuando tú no estabas” —me aseguró.
Entré al sistema del laboratorio. Tengo acceso a todos los registros por mi cargo.
Busqué: Karina López.
Último registro: Hace 4 años. Un análisis de orina por una infección.
No había nada de ayer. No había nada de hace tres meses. No había biopsias, ni hemogramas, ni marcadores tumorales.
Pensé que era un error del sistema. Llamé a Oncología.
—”Oye, ¿tienes paciente a Karina López con el Dr. Méndez (el médico que ella nombraba)?”
—”No, Sofía. No tenemos a ninguna Karina López. Y el Dr. Méndez es pediatra, no oncólogo”.
El mundo se me detuvo.
No tenía cáncer.
Se había rapado la cabeza y fingido una enfermedad terminal para sacarnos dinero, pagar su boda de lujo y vivir como reina de la lástima.
Esa misma tarde, mis padres organizaron una “Cena de Recaudación” en casa. Habían invitado a tíos, primos y amigos para pedir más dinero para el “tratamiento fase 2”.
Karina estaba ahí, sentada en el sillón como una mártir, con su pañuelo en la cabeza y ojeras maquilladas con sombra morada.
—”Gracias a todos” —decía con voz débil—. “Cada centavo me compra un día más de vida”.
Mi madre pasó la canasta de donaciones. La gente lloraba y ponía billetes.
Yo entré en la sala. Traía mi bata de laboratorio puesta y una carpeta en la mano.
—Karina —dije.
Ella me miró.
—Sofía, qué bueno que llegaste. Estaba contándoles lo mucho que me duele los huesos hoy.
—Qué raro —respondí, caminando hacia el centro—. Porque médicamente es imposible que te duelan los huesos por una quimioterapia que nunca recibiste.
El silencio fue instantáneo.
—¿Qué dices, hija? —preguntó mi madre, ofendida—. ¡Tu hermana está sufriendo!
—No, mamá. Mi hermana está robando.
Abrí la carpeta y saqué el historial médico vacío impreso del sistema del hospital.
—Busqué tu expediente hoy, Karina. En el hospital donde dices que te tratas. No existes. No hay cáncer. No hay leucemia. Hablé con el Dr. Méndez y no te conoce.
—¡Eso es mentira! —gritó Karina, poniéndose de pie de un salto (con mucha energía para alguien moribunda)—. ¡Seguro buscaron mal! ¡Es un error administrativo!
—¿Ah, sí? —saqué otra hoja—. Entonces explícame esto.
Era el estado de cuenta de su tarjeta de crédito, que llegó al correo de la casa (que yo recogí).
—Aquí están los 20.000 dólares que te di para el “tratamiento”.
Leí los cargos:
—”Resort de Lujo Cancún – Paquete Nupcial Platinum: $8,000″.
—”Tienda de Diseñador – Vestido de Novia: $4,500″.
—”Joyería Diamante – Anillos: $3,000″.
—”Casino Online: $2,000″.
Miré a mis padres, que estaban blancos como fantasmas. Miré a los tíos que tenían la mano en la billetera.
—No hay doctores en esa lista, Karina. Solo hay lujos. Te rapaste la cabeza para estafar a tus propios padres y robarme mis ahorros de la maestría.
Mi madre le arrebató el estado de cuenta. Lo leyó. Sus manos temblaban.
—¿Karina? —susurró mi madre—. ¿Es verdad? ¿Vendimos el coche para que te fueras a Cancún?
Karina vio que estaba acorralada. Y entonces, hizo lo único que sabe hacer: atacar.
—¡Sí! ¡Sí, es mentira! —gritó, arrancándose el pañuelo y mostrando su cabeza rapada con furia—. ¡Pero me lo merezco! ¡Sofía siempre fue la perfecta, la inteligente, la que tenía futuro! ¡Yo no tengo nada! ¡Quería mi boda soñada! ¡Ustedes me deben esto por hacerme sentir menos toda la vida!
—Nadie te debe nada —dijo mi padre. Su voz era aterradora. Nunca lo había visto así—. Me hiciste llorar tu muerte en vida. Me hiciste pedir limosna a mis amigos.
Mi padre se acercó a ella.
—Vete.
—Papá, por favor, estoy enferma de los nervios…
—¡Vete! —rugió él—. Y no vuelvas hasta que devuelvas cada centavo que robaste a tu hermana y a la gente que te donó de buena fe. Si no lo haces, yo mismo te denuncio por fraude.
Karina salió corriendo de la casa, llorando (esta vez de verdad, porque su plan maestro se había derrumbado). Beto, el novio, que estaba ahí, se quedó pasmado y luego salió tras ella, probablemente para terminar la relación al enterarse de que la “luna de miel” se pagó con una mentira de cáncer.
Hoy, mi familia está rota, pero al menos ya no vivimos en la mentira. Mis padres están trabajando para devolver el dinero a los amigos. Yo estoy demandando a Karina para recuperar mis ahorros, aunque sé que ya se los gastó.
Pero aprendí algo importante: la sangre te hace pariente, pero la honestidad te hace familia. Y mi hermana… mi hermana es solo una extraña con mi apellido.
¿Crees que los padres tienen la culpa por mimarla tanto o hay personas que simplemente nacen sin escrúpulos?
Jugar con la salud es el acto más bajo que existe. La verdad siempre sale a la luz, y a veces duele más que la enfermedad. Síguenos para más historias de verdades descubiertas
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