MI ESPOSO METIÓ A SU AMANTE EN CASA COMO MI ‘ENFERMERA’ PARA DECLARARME LOCA, PERO NO SABÍA QUE YO LLEVABA UN MES FINGIENDO TOMARME LAS PASTILLAS
Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, pero yo digo que no hay peor enemigo que el que finge estar dormido.
Hace seis meses, mi vida perfecta se estrelló contra un poste de luz en una carretera lluviosa. Sobreviví de milagro, pero quedé con ambas piernas fracturadas y una supuesta “contusión cerebral severa” que, según los médicos, requería reposo absoluto y vigilancia constante.
Mi esposo, Damián, se mostró como el ángel guardián perfecto.
—”No te preocupes, amor” —me dijo, besando mi frente vendada en el hospital—. “Yo me encargo de todo. He contratado a una enfermera interna especializada para que te cuide en casa las 24 horas. No quiero que te falte nada”.
Así llegó Tania a nuestra vida.
Tania no parecía enfermera. Tenía uñas de gel larguísimas, el uniforme le quedaba dos tallas más chico y olía al mismo perfume dulzón que yo había notado en las camisas de Damián meses antes del accidente.
Pero yo estaba drogada con analgésicos y sedantes, incapaz de moverme de la cama de la planta baja que Damián había acondicionado para mí.
Las primeras semanas fueron una neblina. Tania me daba mis medicinas con una sonrisa burlona.
—”Tómese esto, señora Claudia. Para que duerma y no moleste”.
Damián llegaba del trabajo y apenas me saludaba antes de encerrarse en la cocina o en el despacho con Tania para “discutir mi tratamiento”. Yo escuchaba sus risas. Escuchaba el tintineo de copas de vino. Escuchaba silencios largos y sospechosos.
Pero mi cuerpo empezó a sanar más rápido que mi mente, o al menos eso creían ellos.
Hace un mes, noté algo raro en las pastillas. Damián insistía en que el neurólogo había aumentado la dosis de los antipsicóticos porque yo estaba “imaginando cosas”.
—”Estás paranoica, Claudia” —me decía él cuando le preguntaba por qué Tania usaba mi bata de seda—. “Tania solo te quiere ayudar. Tu cerebro está inflamado. Tienes que dormir”.
Esa noche, no me tragué la pastilla. La escondí debajo de la lengua y luego la escupí en una maceta cuando Tania salió del cuarto.
Hice lo mismo al día siguiente. Y al siguiente.
En tres días, la niebla mental desapareció. Mi lucidez volvió afilada como un cuchillo.
Y entonces, empecé a escuchar.
Descubrí la verdad más cruda y repugnante.
Tania no era enfermera. Era su amante desde hacía dos años.
El plan de Damián no era cuidarme. Era mantenerme drogada y confundida para construir un caso de “incapacidad mental permanente”.
Una tarde, mientras fingía estar en coma inducido por los fármacos, se sentaron a los pies de mi cama.
—”Ya hablé con el Dr. Fuentes” —dijo Damián (Fuentes era un amigo suyo, no mi médico real)—. “Si seguimos con esta dosis un mes más, su cerebro estará frito. Podremos declarar la interdicción judicial. Yo seré su tutor legal y tendré control total de su herencia y de la empresa”.
—”¿Y qué haremos con ella después?” —preguntó Tania, acariciando la pierna de mi esposo—. “No quiero vivir con una vegetal aquí”.
—”La internamos en ‘El Reposo’, ese sanatorio barato en las afueras. Ahí nadie va a preguntar por ella. Y nosotros nos quedamos con la mansión y el dinero”.
Sentí ganas de vomitar. Ganas de levantarme y gritarles. Pero me contuve.
Si los confrontaba ahora, Damián diría que estaba loca. Tenía al “médico” de su lado. Necesitaba jugar su juego, pero mejor.
Durante un mes, fui la mejor actriz del mundo.
Me hice la tonta. Balbuceaba. Me “orinaba” encima a propósito para que Tania tuviera que limpiarme (y viera lo “deteriorada” que estaba). Dejé que me humillaran.
Pero por las noches, cuando ellos dormían juntos en mi habitación principal, yo me arrastraba fuera de la cama. Usaba un teléfono prepago que tenía escondido en una caja de zapatos vieja y grababa sus conversaciones. Fotografiaba los documentos falsos que Damián dejaba en el escritorio. Y, lo más importante, contacté a mi abogado de confianza, el único hombre que Damián no podía comprar.
Ayer fue el día D.
Damián había organizado una cena “triste” con un notario corrupto y dos “testigos” (amigos suyos) para firmar el acta preliminar de mi incapacidad.
Me vistieron con un camisón viejo. Tania ni siquiera me peinó. Querían que me viera como una loca desaliñada.
Me sentaron en la silla de ruedas y me llevaron al comedor.
—”Pobre Claudia” —dijo Damián, fingiendo dolor—. “Ya no reconoce a nadie. Es lo mejor para ella que yo tome el control”.
El notario sacó los papeles.
—”Muy bien. Procedamos. Dado el estado vegetativo y psicótico de la paciente…”
—Disculpen —dije.
Mi voz salió clara, firme y sin un rastro de sedante.
Damián saltó de la silla. Tania soltó el tenedor.
—”¿Claudia?” —tartamudeó Damián—. “Amor, estás delirando otra vez”.
Me levanté de la silla de ruedas. Mis piernas todavía dolían, pero me sostuvieron.
Caminé hacia la mesa, tomé la copa de vino de Damián y le di un sorbo largo.
—No deliro, querido. De hecho, nunca he estado más lúcida.
—”¡Siéntate! ¡Tania, dale su medicina!” —gritó Damián, pánico en sus ojos.
—¿Te refieres a estas medicinas? —saqué de mi bolsillo un frasco lleno de las pastillas que había estado acumulando—. No me he tomado ni una en 30 días. Pero gracias por el intento.
—”¡Está loca! ¡Es un brote psicótico!” —chilló Tania—. ¡Llamen a una ambulancia!
—No llamen a nadie —interrumpí—. O mejor dicho, llamen a la policía. Porque yo ya lo hice.
En ese momento, el timbre sonó.
Mi abogado entró, acompañado de dos agentes judiciales y un médico forense real.
—”Buenas noches” —dijo mi abogado—. “Tenemos una orden judicial para detener este proceso por intento de fraude, administración desleal y… ah, sí, conspiración para cometer lesiones graves mediante suministro de fármacos no recetados”.
Damián se puso blanco como el papel.
—”¡Eso es mentira! ¡Ella está enferma! ¡Yo la cuido!”
—”Tenemos grabaciones, Damián” —le dije, poniendo mi teléfono sobre la mesa y reproduciendo el audio donde planeaban internarme en el sanatorio barato—. Y tenemos el testimonio real de que Tania no es enfermera, sino una esteticista sin licencia médica.
Miré a Tania.
—Por cierto, querida, ejercer la enfermería sin título y suministrar psicotrópicos es un delito federal. Te esperan unos 5 a 10 años en la sombra. Espero que allá tengan manicura.
Damián intentó acercarse a mí, cambiando la táctica al modo “esposo arrepentido”.
—”Claudia, bebé, fue un error… me sentía presionado… podemos arreglarlo. La empresa es de los dos”.
Me eché a reír.
—Ese es tu último error, Damián. Olvidaste leer las capitulaciones matrimoniales que mi padre te hizo firmar. En caso de atentado contra mi integridad física o moral, la sociedad conyugal se disuelve y tú pierdes todo derecho sobre los bienes.
Señalé la puerta.
—Esta casa es mía. La empresa es mía. Y tú… tú estás arruinado y a punto de ser arrestado.
Los agentes esposaron a Damián y a Tania. Él lloraba como un niño. Ella gritaba insultos.
El notario corrupto intentó escabullirse, pero mi abogado le bloqueó el paso. “Usted también tiene que responder unas preguntas, licenciado”.
Cuando se los llevaron, me senté en la cabecera de mi mesa. Me serví otro poco de vino.
Me dolían las piernas, sí. Pero el dolor del corazón había desaparecido.
Damián quería una esposa dócil y loca.
Obtuvo a una mujer cuerda, furiosa y dueña de todo.
Hoy estoy en terapia física, recuperando mi fuerza. He cambiado las cerraduras, he despedido al personal leal a Damián y he empezado a dirigir mi empresa sola.
A veces, la mejor medicina no viene en frascos; viene en forma de justicia fría y dura.
¿Hubieras tenido la sangre fría de fingir demencia para atraparlos o los habrías confrontado desde el primer día?
El depredador se convierte en presa cuando subestima la inteligencia de su víctima. Si amas los finales donde la verdad sale a la luz, síguenos
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