MI CUÑADA ME PRESENTÓ COMO ‘LA MUCHACHA DE SERVICIO’ EN SU FIESTA DE INAUGURACIÓN. NO SABÍA QUE YO COMPRÉ ESA CASA HACE 5 AÑOS

Dicen que el muerto al pozo y el vivo al gozo. En mi familia, ni siquiera esperaron a que el pozo se cerrara.

Soy Natalia. Durante los últimos seis años, mi vida se detuvo. Mis padres enfermaron casi al mismo tiempo: mi mamá de Alzheimer y mi papá de un cáncer de huesos lento y doloroso. Yo, la hija soltera, la “quedada” según mis tías, fui la que se quedó. Cambié pañales de adulto, trituré comida, pasé noches en vela escuchando los gritos de dolor de papá y los delirios de mamá.

Mientras tanto, mi hermano mayor, Gabriel, y su esposa, Daniela, vivían su “mejor vida” en la playa. Venían a visitar dos veces al año, se tomaban la selfie abrazando a los viejos para subirla a Instagram con el caption “Amando a mis guerreros”, y se iban antes de que hubiera que limpiar algún desastre.

—Ay, Nati, tú eres un ángel —me decía Daniela con esa voz chillona y falsa—. No sé cómo aguantas el olor a medicina y… vejez. Yo soy muy sensible, me deprimo si estoy aquí más de dos horas.

Hace un mes, mis padres fallecieron con una semana de diferencia. Fue devastador para mí, pero para Gabriel y Daniela pareció ser el pistoletazo de salida de una carrera por el botín.

El día después del último funeral, llegaron con maletas.
—Nati, vamos a instalarnos aquí —dijo Gabriel, entrando como si fuera el dueño—. La casa es grande, y tú estás sola. Daniela quiere remodelar la sala y el jardín. Además, necesitamos ver qué se vende y qué se tira.

No me preguntaron. Me informaron.

Daniela tomó el control de inmediato. Empezó a tratarme como a una intrusa en mi propio hogar.
—Oye, Nati —me dijo al tercer día—, esa habitación que usas es muy grande para una sola persona. Vamos a necesitarla para el cuarto de juegos de los niños (que ni siquiera tienen aún). Mueve tus cosas al cuarto de servicio que está junto a la lavandería, ¿va? Es más acogedor para ti.

Me mordí la lengua. Estaba demasiado agotada por el duelo como para pelear. Craso error. Mi silencio lo interpretaron como sumisión.

La gota que derramó el vaso ocurrió este sábado.
Daniela organizó una “Housewarming Party” (Fiesta de inauguración). Invitó a todos sus amigos presuntuosos, gente que nunca había pisado la casa cuando mis padres vivían. Contrató un servicio de catering, pero “para ahorrar”, decidió que yo serviría las bebidas.

—Ponte algo discreto, Nati. Negro, de preferencia —me ordenó—. Y no te pongas a platicar con los invitados. No quiero que los aburras con tus historias de enfermera triste.

La fiesta estaba en su apogeo. La música sonaba fuerte, profanando el silencio que mis padres tanto amaban. Yo caminaba con la bandeja de vinos, invisible, humillada, viendo cómo extraños ponían los pies sobre los muebles de mamá.

De pronto, Daniela pidió silencio. Golpeó su copa con una cuchara y se paró junto a Gabriel en el centro de la sala.

—¡Gracias a todos por venir a NUESTRO nuevo hogar! —gritó, abrazando a mi hermano—. Han sido tiempos difíciles, pero al fin tenemos el espacio que merecemos. Tenemos grandes planes. Vamos a tirar esa pared vieja, haremos una piscina y, bueno, estamos muy felices de empezar esta etapa.

Una de sus amigas, una mujer con cara de cirugía mal hecha, me señaló.
—Oye, Dani, qué buen servicio tienes. La chica de los vinos no ha dejado que se me vacíe la copa. ¿Es de confianza? Estoy buscando personal.

Daniela soltó una carcajada.
—Ay, sí. Es Natalia. Es… bueno, es la hermana de Gabriel, pero le estamos dando asilo por un tiempo a cambio de que ayude en la casa. Ya saben, la pobre no tiene dónde caerse muerta y no tiene oficio ni beneficio, así que le damos techo y comida por sus servicios. Es casi como de la familia, pero… ya saben, en su lugar.

La sangre me subió a la cabeza.
“Asilo”. “Sin oficio”. “Por sus servicios”.
Solté la bandeja. Las copas de cristal se hicieron añicos contra el suelo, causando un estruendo que calló a todos. El vino tinto manchó la alfombra beige que Daniela tanto presumía.

—¡Estúpida! —gritó Daniela—. ¡Mira lo que hiciste! ¡Esa alfombra es importada! ¡Lárgate a tu cuarto de servicio ahora mismo o te juro que mañana te pongo de patitas en la calle!

Me limpié las manos en el delantal y me erguí. Gabriel me miraba con vergüenza, pero no dijo nada. Cobarde.

—No me voy a ir a ningún cuarto, Daniela —dije con voz tranquila, pero que resonó en toda la sala—. Y tú tampoco vas a tirar ninguna pared.

—¿Disculpa? —Daniela caminó hacia mí, amenazante—. ¿Quién te crees que eres? Esta casa es herencia de mi esposo. Tú eres una arrimada. ¡Lárgate antes de que llame a la policía!

—Llámalos —la reté—. De hecho, hazlo. Así se ahorran el viaje para el desalojo.

Fui hacia el mueble de la entrada, donde tenía mi bolso, y saqué una carpeta azul.
—Gabriel, tú sabes que papá y mamá tuvieron problemas económicos graves hace cinco años por sus tratamientos, ¿verdad? —le pregunté a mi hermano.

Él asintió, confundido. —Sí, dijeron que lo habían resuelto vendiendo unos terrenos.

—No vendieron terrenos, Gabriel. Vendieron la casa.

Hubo un murmullo general. Daniela se puso pálida.
—¿Qué? ¿A quién se la vendieron? ¡Eso es ilegal, era nuestra herencia!

—Se la vendieron a quien pagó sus quimioterapias, sus cirugías y sus cuidados durante cinco años —dije, abriendo la carpeta—. Me la vendieron a mí.

Levanté la Escritura Pública para que todos la vieran.
—Aquí está el contrato de Compra-Venta con Reserva de Usufructo Vitalicio. Yo compré la casa hace cinco años con mis ahorros y un préstamo bancario que sigo pagando. Papá y mamá tenían el derecho de vivir aquí hasta su muerte (el usufructo). Pero la “Nuda Propiedad”, el título de dueña, ha sido mío todo este tiempo.

Miré a Daniela, que parecía haber visto un fantasma.
—Ahora que mis padres fallecieron, el usufructo se extingue. La casa es 100% mía. No es herencia. No hay nada que repartir. Y ciertamente, no es el “nuevo hogar” de nadie que me trate como sirvienta.

—Pero… Nati, somos hermanos —balbuceó Gabriel—. No nos puedes hacer esto. Ya dimos el anticipo para la piscina.

—Ese es tu problema, Gabriel. Tú dejaste que tu esposa me humillara. Tú dejaste que me mandaran al cuarto de servicio en mi propia casa.

Me giré hacia los invitados, que miraban la escena como si fuera una telenovela.
—La fiesta se acabó. Tienen 5 minutos para salir de mi propiedad. Y ustedes dos… —señalé a mi hermano y a mi cuñada— tienen hasta mañana a las 10 de la mañana para sacar sus cosas. Si encuentro una sola maleta aquí a las 10:01, voy a llamar a la policía por allanamiento de morada. Y Daniela… limpia el vino antes de irte. La dueña no quiere manchas en su piso.

Los invitados salieron en silencio, avergonzados. Daniela tuvo un ataque de histeria y se “desmayó” (fingió desmayarse) en el sofá, pero nadie le hizo caso.

Hoy la casa está en silencio. Mi silencio.
Gabriel me ha mandado mensajes diciendo que soy una egoísta, que “destruí a la familia” por una casa.
No, yo no destruí nada. Yo salvé esta casa con mi trabajo y cuidé a quienes vivían en ella. Ellos solo vinieron a reclamar las cenizas de un fuego que nunca ayudaron a mantener encendido.

¿Fui demasiado vengativa al echarlos al día siguiente, o debí darles tiempo para buscar dónde vivir a pesar de cómo me trataron?
La dignidad no se negocia, y las escrituras tampoco. Síguenos para más historias de justicia familiar