Durante el resto de ese día, Javier no pudo concentrarse en absolutamente nada.

Las líneas de los planos que tenía frente a él en la oficina parecían mezclarse unas con otras.

Su jefe hablaba en una reunión sobre un nuevo proyecto en Polanco, pero las palabras pasaban por sus oídos sin quedarse.

Solo había una frase repitiéndose en su cabeza.

“¿Quieres mirar?”

Intentó convencerse de que no significaba nada.

Tal vez Leticia solo estaba siendo irónica.

Tal vez se había sentido incómoda al darse cuenta de que la observaban.

Tal vez aquella sonrisa solo era una forma elegante de cerrar el momento sin hacerlo incómodo.

Pero mientras más lo pensaba… menos sentido tenía.

Porque ella no había mostrado incomodidad.

Ni vergüenza.

Ni molestia.

Había sido tranquila.

Casi curiosa.

Y eso era lo que lo inquietaba.

Esa noche regresó a su departamento más temprano de lo habitual.

El cielo estaba oscuro y las luces de los edificios iluminaban Santa Fe como un pequeño universo artificial.

Javier dejó su mochila sobre el sofá.

Durante un momento pensó en salir al balcón.

Pero se detuvo.

Se sentía ridículo.

Era un adulto de treinta y cinco años actuando como un adolescente confundido.

Se sirvió un vaso de agua y trató de olvidarlo.

Pero alrededor de las nueve escuchó algo.

Un golpe suave en la pared que separaba ambos departamentos.

Toc.

Toc.

Toc.

No fue fuerte.

Pero fue claro.

Javier frunció el ceño.

Caminó hacia la puerta de su departamento.

La abrió.

Y ahí estaba ella.

Leticia.

De pie frente a él.

Llevaba un suéter ligero gris y jeans.

Su cabello suelto caía sobre sus hombros.

Y en sus manos sostenía una pequeña bandeja con dos tazas de té.

—Pensé que tal vez querías uno —dijo con naturalidad.

Javier se quedó mirándola unos segundos.

—Gracias… —respondió finalmente.

Ella entró al departamento con una tranquilidad sorprendente.

Miró las cajas aún sin desempacar.

—Parece que todavía estás instalándote.

—Sí… he estado ocupado.

Se sentaron en el pequeño sofá.

El silencio entre ellos no era incómodo.

Pero estaba cargado de algo que ninguno mencionaba.

Finalmente Leticia habló.

—Esta mañana te asusté un poco… ¿verdad?

Javier soltó una pequeña risa nerviosa.

—Un poco.

Ella lo observó con atención.

—No estaba molesta.

—Lo imaginé.

—Solo me pareció curioso.

Javier levantó la mirada.

—¿Curioso?

Leticia asintió.

—La forma en que me mirabas no era como la de alguien que quiere invadir la privacidad de otra persona.

Javier sintió el calor subir a su rostro otra vez.

—¿Ah no?

—No —respondió ella—. Parecía más… como si estuvieras recordando lo que es la tranquilidad.

Aquella frase lo tomó por sorpresa.

Porque era exactamente lo que había sentido.

Javier bajó la mirada hacia su taza.

—Mi vida ha sido un desastre últimamente.

Leticia lo sabía.

Había visto el matrimonio de su hija deteriorarse durante años.

—A veces —dijo ella suavemente— cuando una vida se rompe… lo único que necesitamos es silencio.

Se miraron durante varios segundos.

Había una honestidad extraña en ese momento.

Sin juicios.

Sin pasado.

Solo dos personas sentadas en una sala tranquila.

—Esta mañana —continuó Leticia— te pregunté si querías mirar.

Javier tragó saliva.

—Sí…

Ella sonrió levemente.

—No era una provocación.

—Entonces… ¿qué era?

Leticia se levantó.

Caminó hacia el balcón del departamento de Javier.

Abrió la puerta de vidrio.

El aire frío de la noche entró.

—Ven —dijo.

Javier se acercó.

Desde allí se podían ver las luces de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte.

—¿Sabes por qué siempre dejo abiertas mis persianas por la mañana? —preguntó Leticia.

—No.

—Porque durante años viví con miedo de lo que otros pensaran.

Se giró hacia él.

—Hasta que un día entendí algo.

Hizo una pausa.

—La gente siempre va a mirar.

Javier la observaba en silencio.

—Pero mirar no siempre significa invadir —continuó—. A veces solo significa que alguien necesita recordar que todavía existe belleza en el mundo.

Javier sintió algo dentro de su pecho relajarse.

Algo que llevaba meses tenso.

Leticia apoyó los codos en la barandilla.

—Tú no estabas mirando con deseo ni con mala intención.

—¿No?

Ella negó con la cabeza.

—Estabas mirando como alguien que llevaba mucho tiempo sintiéndose solo.

El silencio entre ellos volvió.

Pero esta vez era cálido.

Finalmente Javier habló.

—Supongo que tienes razón.

Leticia sonrió.

—Y por eso te pregunté si querías mirar.

—¿Mirar qué?

Ella señaló el cielo nocturno.

Entre los edificios se podían ver algunas estrellas débiles.

—Recordar que el mundo sigue siendo grande… incluso cuando una parte de tu vida termina.

Javier respiró profundamente.

Por primera vez en meses no sentía ese peso constante en el pecho.

No sabía qué sería de su vida.

No sabía si volvería a enamorarse.

No sabía si algún día dejaría de pensar en su matrimonio fallido.

Pero en ese momento entendió algo sencillo.

A veces las personas aparecen en los lugares más inesperados.

No para complicar tu vida.

Sino para recordarte que todavía puedes empezar otra vez.

Y esa noche, mientras las luces de Ciudad de México brillaban a lo lejos, Javier sintió algo que no había sentido desde hacía mucho tiempo.

Paz