Hice un novio por facebook y nunca lo volveré a ver…

En un grupo de compra-venta alguien empezó a escribirme por mensaje privado. Era un señor muy amable que decía que le gustaba subir a un cerro cerca del pueblo porque ahí se sentía tranquilo. Con el tiempo empezamos a platicar seguido de cosas normales: el clima, el trabajo, los lugares del pueblo. Parecía alguien bastante tranquilo.

A veces me mandaba audios, pero siempre se escuchaban raros. Como si hablara lejos del teléfono o como si el sonido estuviera apagado. Su voz sonaba triste… cansada. Pero cuando escribía mensajes parecía de buen ánimo, hasta mandaba emojis.

Un día me pidió un favor. Me dijo que fuera a una parte del cerro porque había algo que necesitaba que alguien encontrara. Me describió el lugar con mucho detalle: unas piedras grandes, un árbol seco y un camino de tierra que casi nadie usa.

Có thể là hình ảnh về văn bản

Pensé que tal vez había perdido algo importante cuando subió al cerro. Insistía mucho en que fuera yo, como si no pudiera pedirle ayuda a nadie más. Así que un fin de semana subí al cerro para ver si encontraba lo que decía.

Después de caminar un rato entre las piedras vi algo tirado en el suelo. Eran unos tenis viejos, una gorra y una credencial medio cubierta de tierra. Cuando levanté la credencial para verla mejor sentí un frío en el cuerpo.

La foto de la credencial era del mismo hombre con el que llevaba semanas mensajeando.

A unos metros había un poste con un cartel viejo de persona desaparecid@. El papel estaba roto por el sol, pero la cara era la misma. Avisé a la policía y tiempo después revisaron el lugar. Con el tiempo encontraron r3st0s enterrados cerca de esas piedras. Cuando todo terminó intenté volver a escuchar los audios que me había mandado… pero el chat completo ya no aparecía en mi teléfono.

Después de aquel hallazgo, no pude dormir bien durante semanas. Cada vez que cerraba los ojos, veía esa credencial entre mis manos, el polvo cubriendo el rostro de alguien con quien había compartido conversaciones cotidianas. La policía me hizo muchas preguntas. ¿Cómo empezamos a hablar? ¿Por qué insistió tanto en que subiera al cerro? ¿Tenía alguna razón para pensar que quería hacerme daño?

No, no creo que quisiera hacerme daño. Eso fue lo que les dije, aunque en ese momento no entendía por qué estaba tan seguro.

Los forenses trabajaron varios días en esa zona del cerro. Encontraron lo que buscaban: restos óseos enterrados a poca profundidad, cerca de las piedras grandes que él me había descrito con tanto detalle. La identificación tomó tiempo, pero finalmente confirmaron lo que ya sabía por esa credencial: el cuerpo pertenecía al hombre de las fotos, al dueño de esa voz cansada que aún resonaba en mi memoria.

Lo más extraño llegó después. Cuando intenté abrir el chat para mostrarle a un amigo los mensajes, la conversación completa había desaparecido. No solo los audios, sino cada palabra, cada emoji, cada descripción del cerro. Revisé mi teléfono una y otra vez, reinicié la aplicación, busqué en copias de seguridad. Nada. Como si nunca hubiera existido.

Un oficial me llamó días más tarde. Habían investigado el número desde el que me escribía. No existía. O mejor dicho, existía, pero pertenecía a una tarjeta prepagada comprada en una tienda de conveniencia dos años atrás, con efectivo, y nunca se había registrado a nombre de nadie. La tienda ya ni siquiera estaba ahí.

PHẦN 3

Pasaron los meses. El caso se cerró sin muchas explicaciones. Encontraron a un sospechoso, un hombre que había tenido problemas con el difunto años atrás, pero nunca pudieron probar nada. Yo intenté seguir con mi vida, aunque a veces, cuando oscurecía temprano, recordaba esos audios apagados y esa voz que parecía venir de muy lejos.

Hace una semana volví a entrar a ese grupo de compra-venta. No sé por qué. Quizá por costumbre, quizá por esa necesidad tonta de revolver el pasado. Entre los anuncios de muebles usados y ropa de segunda mano, vi algo que me heló la sangre.

Un perfil nuevo estaba publicando en el grupo. La foto de perfil era diferente, pero el nombre… el nombre era el mismo. El mismo que había desaparecido de mi chat.

Esta vez no me escribió primero. Fui yo quien le mandó un mensaje privado, temblando mientras escribía:

—¿Eres tú?

Pasaron varios minutos. El “visto” apareció y desapareció varias veces, como si del otro lado estuvieran decidiendo qué hacer. Finalmente, llegó la respuesta. No fue un texto. Fue un audio.

Lo reproduje con el volumen bajo, casi sin querer escuchar. Pero no hacía falta subirlo. Esa voz triste, esa respiración cansada, esa distancia en cada palabra… era él.

—Siempre supe que volverías a escribir —dijo el audio—. Gracias por lo que hiciste. Ahora descanso.

El audio se cortó. Antes de que pudiera reaccionar, el chat completo desapareció otra vez, igual que la primera vez. Solo que ahora quedó algo diferente en mi teléfono: una imagen que no había visto antes, cargándose lentamente en la conversación vacía.

Era una foto del cerro, tomada desde el lugar exacto donde encontré aquellos restos. Y al fondo, entre las piedras, se alcanzaba a ver una figura de espaldas, mirando hacia el horizonte.