“FUI EL CAJERO AUTOMÁTICO DE MI FAMILIA POR 25 AÑOS, HASTA QUE UN EXAMEN MÉDICO DESTRUYÓ SUS MENTIRAS”
Durante veinticinco años fui “El hombre gris”. Así me llamaban mi esposa, Laura, y mis dos hijos, Esteban y Camila, cuando creían que no los escuchaba. Yo era el proveedor silencioso, el que pagaba las tarjetas de crédito, las vacaciones en Cancún a las que a veces ni siquiera me invitaban, y la universidad privada de ambos.
Mi vida en casa era una humillación constante pero sutil. Laura siempre me comparaba con Roberto, nuestro “compadre” y mejor amigo de la familia.
—”Roberto sí tiene ambición, mira el coche nuevo que se compró” —decía Laura mientras yo llegaba agotado de mi turno doble en la planta industrial.
—”Papá, eres un aburrido, ojalá fueras divertido como el tío Roberto” —me gritó Esteban una vez cuando me negué a comprarle una moto porque era peligroso.
Roberto siempre estaba ahí. En las navidades, en los cumpleaños, en las gradas de los partidos de fútbol de Esteban. Yo me sentía culpable por mis celos. Me decía a mí mismo: “Jorge, eres un inseguro. Laura te ama, solo es exigente”. Qué iluso fui.
El punto de quiebre llegó hace tres meses. Sufrí un desmayo en el trabajo. Nada grave, estrés acumulado, dijeron. Pero el médico de la empresa, un tipo meticuloso, me mandó a hacer una batería completa de exámenes, incluyendo estudios genéticos y de fertilidad porque detectaron una anomalía hormonal extraña.
Tres días después, el doctor me sentó en su consultorio con cara de funeral.
—Jorge, no sé cómo decirte esto —dijo, revisando los papeles—. Tienes una condición genética de nacimiento llamada Síndrome de Klinefelter. Básicamente, eres estéril. Siempre lo has sido. Es biológicamente imposible que hayas engendrado hijos de forma natural.
El mundo se detuvo. Sentí un pitido en los oídos.
—¿Imposible? —pregunté con la voz rota—. Pero… tengo dos hijos. Esteban tiene mis ojos.
El médico negó suavemente con la cabeza.
—La mente ve lo que quiere ver, Jorge.
Salí de ahí convertido en un fantasma. Contraté a un investigador privado esa misma tarde. No tardó ni 48 horas en darme las pruebas. Fotos. Mensajes de texto. Laura y Roberto. No era una aventura reciente. Llevaban juntos casi treinta años. Yo no era el esposo; era el patrocinador de la familia feliz de otro hombre.
Lo peor no fue la infidelidad. Lo peor fue descubrir que mis hijos… esos muchachos por los que me había partido el lomo, a los que había consolado cuando lloraban, a los que amaba más que a mi vida… sabían algo. En un chat recuperado, Camila le escribía a su madre: “Mamá, ¿cuándo le vas a pedir al tacaño de papá el dinero para mi viaje? Dile que el tío Roberto dijo que me lo merezco”.
El tacaño. El cajero. El idiota.
Decidí esperar. La venganza se sirve helada. Se acercaba la cena de graduación de Esteban. Se acababa de titular de Arquitecto (una carrera que yo pagué íntegra). Habían organizado una fiesta enorme en un restaurante de lujo. Roberto, por supuesto, estaba invitado como “padrino de honor”.
Llegó la noche. Todos estaban radiantes. Laura lucía un vestido esmeralda que compré yo. Esteban y Camila reían con Roberto. Yo estaba sentado en la cabecera, bebiendo agua.
—¡Silencio, silencio! —gritó Laura golpeando su copa—. Mi esposo quiere decir unas palabras para nuestro brillante hijo.
Me levanté. Todos me miraron con esa mezcla habitual de aburrimiento y exigencia, esperando el cheque de regalo o las llaves de un coche.
—Gracias a todos por venir —dije, sacando un sobre amarillo manila de mi saco—. Esteban, graduarse es un paso hacia la adultez. Y ser adulto significa enfrentar la verdad. Durante 25 años he trabajado 14 horas diarias para que no les faltara nada. He aguantado sus desprecios, sus burlas y sus comparaciones con el “Tío Roberto”.
Roberto sonrió con arrogancia, levantando su copa hacia mí.
—Por eso —continué, mirando fijamente a Laura, quien empezó a notar que algo andaba mal—, hoy les traigo el regalo definitivo: la Libertad.
Lancé el sobre sobre la mesa. Cayó justo frente a Esteban.
—Ahí dentro hay dos cosas. Primero, los resultados de ADN que demuestran que no soy tu padre, ni el de Camila. Segundo, las pruebas de que tu verdadero padre es el hombre que está sentado a tu derecha: Roberto.
El silencio fue tan absoluto que se podía escuchar el hielo derritiéndose en las hieleras. Laura se puso pálida como un cadáver. Roberto se atragantó con el vino.
—Y como ya no soy su padre —agregué, sacando mi celular—, en este momento acabo de cancelar todas las tarjetas de crédito suplementarias. También he puesto la casa en venta; está a mi nombre únicamente, bienes separados, ¿recuerdas Laura? Tienen 30 días para desalojar.
—¡Jorge, estás loco, no puedes hacernos esto! —gritó Laura, intentando agarrarme del brazo. Me solté con un asco que nunca había sentido.
—No te preocupes, Laura —dije sonriendo por primera vez en años—. Ahora Roberto podrá demostrarles si es tan exitoso y generoso como siempre me dijeron. ¡Felicidades, Roberto! Ahora son tu problema. La cuenta de la cena, por cierto, no está pagada. Yo solo pagué mi agua.
Me di la media vuelta y salí del restaurante. Detrás de mí escuché los gritos, el llanto histérico de Camila y los reclamos de Esteban a su madre. Roberto intentaba escabullirse, pero los meseros ya lo habían rodeado con la cuenta de miles de pesos.
Me subí a mi coche viejo, encendí la radio y conduje hacia la carretera. No tenía a dónde ir, pero por primera vez en 25 años, el camino era mío. Lloré, sí. Lloré por los hijos que perdí, porque aunque no eran mi sangre, yo los amé. Pero esas lágrimas fueron las últimas. A partir de hoy, el “hombre gris” ha muerto.
¿Crees que los hijos merecían ese castigo aunque no tuvieran la culpa de la mentira de la madre, o Jorge hizo lo correcto al cortar todo lazo?
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