En el borde del desierto de San Luis Potosí, donde la tierra se agrieta como la piel de un anciano y el viento caliente arrastra olor a polvo y hierro, había un pequeño pueblo cuyo nombre a veces ni siquiera aparecía en los mapas. Allí la gente sobrevivía con breves temporadas de maíz, largas jornadas de trabajo ocasional y esperanzas tan frágiles como un hilo.
En una casa de láminas torcidas vivía Diego con su padre, su madre y un perro de pelaje marrón oscuro llamado Toro.
Toro no era un perro bonito. Tenía las orejas desiguales, una vieja cicatriz en el hocico y un cuerpo compacto, como tallado en piedra y tierra. Pero poseía unos ojos negros y profundos que seguían a Diego como si el niño fuera todo su mundo.
Diego tenía diez años. Era delgado, con la piel curtida por el sol y los zapatos siempre rotos en la punta. Pero cada vez que sonreía, parecía que toda la casa se iluminaba.
Toro creció junto a él.
Corrieron juntos por los caminos de tierra roja.
Bebieron agua de lluvia acumulada en latas oxidadas.
Durmieron hechos un ovillo en las noches en que el viento frío se colaba por el techo de metal.
Toro era guardián, amigo y protector. Cuando Diego enfermaba, Toro no se alejaba de la cama. Cuando el padre se iba a trabajar lejos, Toro se tendía frente a la puerta.
Y entonces… la pobreza se volvió demasiado pesada.
Ese año la sequía duró más que nunca. El maíz murió en los campos. El padre de Diego se lesionó en la obra. La madre empezó a venderlo todo: la radio, la mejor olla y, finalmente, su anillo de bodas.
El día que llegó aquel hombre extraño al pueblo, Toro sintió que algo no estaba bien.
Un olor desconocido.
Zapatos de cuero nuevos.
Una mirada que observaba al perro como si fuera mercancía.
—Este perro es fuerte —dijo el hombre—. Necesito uno así para mi rancho en Sonora.
Diego rodeó el cuello de Toro con los brazos.
—No pueden venderlo… —susurró.
Su padre guardó silencio durante mucho tiempo. Luego apartó la mirada.
—Necesitamos el dinero.
Toro no entendía las palabras, pero entendía las lágrimas. Entendía la mano temblorosa de Diego. Entendía la cuerda atada a su cuello.
Cuando el camión arrancó, Diego corrió detrás, llorando hasta quedarse sin voz.
—¡Toro! ¡Toro! ¡Vuelve a casa! ¡Vuelve conmigo!
Toro se revolvió. Aulló —un aullido que desgarró el viento y resonó por todo el pueblo.
El camión desapareció entre la nube de polvo rojo.
El rancho en Sonora era grande, pero frío. El nuevo dueño le daba suficiente comida, pero no lo llamaba por su nombre. Solo silbaba. Solo daba órdenes.
La primera noche, Toro no durmió.
Se acostó con el hocico orientado hacia el sur, donde estaban el olor de la tierra conocida, el olor del niño, el olor del hogar.
En la tercera noche, Toro mordió la cadena hasta romperla.
Y corrió.
Toro no conocía mapas.
No conocía distancias.
Solo conocía una dirección.
De día corría bajo el sol abrasador. La lengua seca, las patas sangrando. De noche seguía la luna y el olor del viento.
Cruzó:
— Carreteras donde los camiones rugían como truenos.
— El desierto, donde pasó dos días sin agua.
— Pueblos extraños donde la gente le arrojaba piedras para espantarlo.
Una vez, un coche lo golpeó de refilón. Un dolor agudo le atravesó las costillas. Permaneció inmóvil hasta que cayó la noche.
Luego se levantó.
Y siguió corriendo.

En un pequeño pueblo lo confundieron con un perro peligroso. La gente lo persiguió con palos e insultos.
Una piedra le golpeó la cabeza. La sangre le bajó hasta los ojos.
Toro siguió corriendo.
Aprendió a esconderse de día y moverse solo de noche. Comía basura. Bebía agua de lluvia. Mordisqueaba huesos secos.
Hubo momentos en que cayó exhausto al borde del camino, el cuerpo temblando de agotamiento.
En su delirio, vio a Diego.
—Vuelve a casa… —lo llamaba el niño.
Toro se puso de pie de un salto.
Día doce.
Toro llegó al borde de su antiguo pueblo.
Pero no lo reconoció.
Las casas estaban más deterioradas. El camino, más polvoriento. Y la casa de lámina… vacía.
Toro aulló.
Nadie respondió.
Corrió en círculos, desesperado, buscando el olor conocido.
Entonces vio a Diego.
El niño estaba de pie junto a la carretera, más delgado, más sucio, con los ojos hundidos.
Toro se lanzó hacia él.
Pero al mismo tiempo, un camión fuera de control apareció en la curva.
Diego no lo oyó.
Toro no dudó.
Saltó y empujó al niño fuera del camino.
El impacto fue como un rayo.
Toro salió despedido.
Diego despertó entre un zumbido confuso, como si el mundo estuviera sumergido bajo el agua. La garganta le ardía, la cabeza le dolía. El olor a polvo, gasolina y metal caliente aún flotaba en el aire.
Abrió los ojos.
Lo primero que vio no fue el cielo ni el rostro aterrorizado de su madre.
Fue Toro.
El perro yacía de lado a su lado, cubierto de polvo. Un costado subía y bajaba con dificultad, cada respiración parecía costarle todo el cuerpo. La sangre seca se había adherido al pelaje marrón en manchas duras.
—¿Toro…? —susurró Diego, con la voz tan temblorosa que apenas se oía.
Intentó moverse; un dolor agudo le atravesó el brazo, pero no le importó. Extendió la mano y tocó el cuello de Toro.
Aún estaba caliente.
Toro abrió los ojos.
Aquellos ojos negros y profundos —los mismos que Diego había buscado con desesperación durante tantos días— lo miraban ahora. No había reproche. No había enojo. Solo un alivio que dolía, como si todo el viaje hubiera existido únicamente para ese instante.
La cola de Toro se movió.
Solo una vez.
Pero Diego rompió en llanto.
—De verdad… volviste… —sollozó, apoyando la frente en la cabeza del perro—. Pensé… pensé que te había perdido…
Toro exhaló un largo y tembloroso suspiro. Su hocico rozó la mano de Diego, como una respuesta silenciosa:
Ya volví. Ya estoy en casa.
La gente del pueblo corrió hacia ellos. Alguien gritó pidiendo un coche. La madre de Diego cayó de rodillas, abrazó a su hijo y luego lloró al ver a Toro.
—Regresó… —dijo entre sollozos—. De verdad regresó…
El padre de Diego permaneció inmóvil, las manos ásperas temblándole. Se arrodilló junto al perro que él mismo había vendido y apoyó la mano sobre su cabeza.
—Perdóname… —susurró, con la voz rota—. Tú no lo abandonaste. Yo sí…
Toro no se movió.
Pero seguía respirando.
Lo llevaron a un veterinario del pueblo vecino. Los días siguientes fueron de angustia. A veces Toro permanecía inconsciente durante horas. A veces parecía que su respiración se detenía.
Pero cada vez que Diego tomaba su pata y murmuraba:
—Toro… estoy aquí…
El pecho del perro volvía a elevarse.
No regresó intacto.
Pero regresó.
Y para Diego, eso era suficiente.
Muchos años después, Toro envejeció. Descansaba bajo la sombra de un árbol frente a la casa, con los ojos entrecerrados.
Diego ya era adulto y trabajaba lejos, pero cada vez que volvía al pueblo, se sentaba a su lado.
—Fuiste muy lejos para encontrarme —decía en voz baja—. Pero yo nunca me fui.
Toro no respondía.
Pero su cola se movía suavemente.
Porque hay caminos que, por largos que sean,
el corazón siempre sabe cómo regresar.
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