Don Sebastián sintió que el suelo se inclinaba bajo sus botas.

—Eso es imposible… —murmuró, aunque su voz ya no sonaba convencida.

Renata negó con firmeza. Se acercó al bebé, volvió a colocar la vela en el ángulo preciso. El velo estaba allí. Delicado. Casi imperceptible. No era una enfermedad. No parecía natural.

 

El patrón apretó los dientes.

—¿Puede quitarse?

Renata dudó.

No era médica. No era partera. Pero había visto algo parecido una vez… en otro lugar, en otra vida que nunca mencionaba. Un niño al que cubrieron los ojos con una sustancia espesa, como resina diluida. Un castigo. Una advertencia.

Se llevó los dedos a los labios, pensativa. Luego hizo un gesto de lavar… con cuidado.

Esa misma tarde calentaron agua hervida y la dejaron entibiar. Renata humedeció una gasa limpia. Con una delicadeza infinita, rozó el borde del párpado.

Nada.

Lo intentó otra vez. Más tiempo. Más paciencia.

Un fragmento mínimo, casi invisible, se desprendió como una telaraña húmeda.

Don Sebastián dejó escapar un aliento que llevaba seis meses atrapado.

Repitieron el procedimiento durante días.

Cada sesión arrancaba un poco más de aquel velo extraño.