Mentí por mi perro… y así salvé la vida de un hombre orgulloso
La medalla de don Saúl golpeaba suave contra el collar de Canelo cada vez que él respiraba, como si el metal también tuviera corazón.
Si leíste la primera parte, sabes que esa nota me dejó temblando en el asiento, con la calefacción prendida y el alma hecha agua. Y también sabes que, cuando uno descubre una verdad así, ya no puede hacer como si nada.
Esa mañana intenté trabajar como siempre, pero cada pedido me salía torcido, como si mi cabeza estuviera en otro lado. Miraba el espejo y me parecía ver la chamarra militar deslavada en cada esquina del estacionamiento. Canelo no se separaba de mí, quieto, atento, con esa mirada que no pide pero acompaña.
En la nota no venía un apellido, ni un número, ni nada “útil” para buscarlo, sólo esas palabras que te dejan sin aire. Aun así, no me pude quedar con la duda, porque ya no era sólo gratitud, era preocupación. Lo único que tenía era una idea tonta: si él fue capaz de amarrar un sobre a mi espejo, entonces tal vez también dejó alguna pista cerca.
Volví al estacionamiento de la tienda enorme, el mismo donde empezó todo, y me acerqué al muchacho de los carritos. El viento me pegaba igual que aquel día, pero yo ya no era el mismo, porque ya no podía mirar para otro lado.
—Oye, ¿supiste a qué hospital se lo llevaron? —le pregunté, tratando de sonar tranquilo.
El muchacho se encogió de hombros.
—Dicen que lo llevaron al del centro, el que está por la avenida grande. Una señora de chaleco andaba con los paramédicos… como de trabajo social.
Ese “chaleco” fue lo más cercano a un mapa que tuve. Maneje hasta el hospital del centro con Canelo recargado en el asiento, y por primera vez me pareció que la ciudad era demasiado grande para una persona sola. Entré con el sobre en la mano como si fuera un pase, aunque sabía que no lo era.
En la entrada olía a desinfectante y café viejo, y había gente esperando con esa paciencia de los que no tienen opción. Me acerqué a información, pero las palabras se me atoraron en la garganta, porque pedir por alguien sin apellido es como gritarle a la neblina. Aun así, lo dije.
—Busco a un señor… Saúl. Le dio algo del corazón. Viene de la calle —me escuché decir, y me dolió lo frío que sonó

La mujer del mostrador me miró con esa cara de “no es tan fácil”. Luego vio la medalla en el collar de Canelo y, no sé por qué, su expresión cambió un poquito. No me dio detalles, pero llamó a alguien con un gesto rápido.
A los minutos llegó una trabajadora social, una señora de mirada cansada pero firme, como quien ya ha visto demasiadas despedidas. Me preguntó quién era yo, y yo me sentí niño otra vez, con vergüenza de no tener un papel que me autorizara a querer a alguien. Le mostré la nota.
Ella leyó en silencio, y al final soltó un suspiro cortito.
—Usted es el de la camioneta —dijo, como si esa frase fuera suficiente para explicarlo todo—. Don Saúl habló de usted y del perro. Está estable. No siempre está de buenas, pero… se está dejando ayudar.
Me guió por un pasillo largo, y yo iba pensando que “dejarse ayudar” suena sencillo, pero a veces es lo más difícil del mundo. Llegamos a una sala donde él estaba sentado en la orilla de la cama, con una bata que le quedaba grande y el orgullo amarrado igual que siempre, sólo que ahora se le notaba el cansancio. Al verme, levantó una ceja, como si yo fuera una visita que no esperaba.
—¿Qué pasó, muchacho? —me soltó, con la voz raspada—. ¿Ahora vienes a cuidarme los asientos del hospital?
No me pude aguantar y me reí, pero la risa me salió quebrada. Me acerqué despacio, como si el momento fuera vidrio. Él miró a Canelo por la ventana, porque no quise meterlo sin permiso, y se le ablandó algo en la cara.
—Vine a darle las gracias —dije—. Y a ver si… si está bien.
Don Saúl hizo como que no le importaba, pero se le movió la mano, nerviosa, sobre la cobija.
—Estoy vivo —respondió—. Que ya es ganancia. Y tú… sigues siendo un mentiroso muy malo.
Nos quedamos callados un segundo, y en ese silencio cabía todo lo que no se dice por miedo a parecer débil. La trabajadora social nos dejó solos con una mirada de “no se tarden”. Yo respiré hondo y le enseñé la medalla, por si no la había visto bien.
—Se la puse a Canelo, como usted dijo.
Don Saúl cerró los ojos un instante, como quien toca un recuerdo sin querer cortarse.
—Esa medalla era de un perro que tuve —confesó, bajito—. No era de raza fina ni de películas, pero era valiente. Cuando lo perdí… fue como perder el último pedazo de mí que todavía creía en algo.
No me dio más detalles, y yo no le pedí más, porque hay historias que se cuentan a su tiempo. Lo que sí hizo fue mirarme directo, como lo hizo aquel día cuando rechazó el billete.
—No me vengas con lástima, Leo —dijo, y me sorprendió que recordara mi nombre—. Si viniste, que sea a hablar como hombres.
Asentí. Y ahí fue cuando le dije la verdad completa, la que me había guardado desde el principio, incluso de mí mismo. Le confesé que lo de “la ansiedad de Canelo” era un invento, que mi perro se quedaba tranquilo, que el problema era otro.
—Yo vi sus manos rajadas… y vi esa cara de aguantar sin pedir —le dije—. Me dio miedo que se me muriera ahí, sin que nadie lo volteara a ver. Y yo… yo no sabía cómo ayudar sin que usted me mandara al demonio.
Don Saúl me miró largo, como si estuviera decidiendo si enojarse o perdonarme. Al final soltó una carcajada breve, de esas que salen con dolor.
—Me saliste peor que los de la tele —murmuró—. Pero… hiciste lo único que me podía funcionar. Trabajo. Eso me diste
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