Me llamo Valeria Montoya, y por una década fui la esposa perfecta de Fernando Montoya, un empresario reconocido en la Ciudad de México.
Vivíamos en una casa enorme en Polanco, rodeados de lujos, chofer, empleadas y cenas elegantes con socios importantes.

Desde fuera, cualquiera habría dicho que yo tenía la vida soñada.
Pero puertas adentro, mi matrimonio era una cárcel silenciosa… donde siempre yo era la culpable.

Durante años intentamos tener hijos.
O al menos eso creí yo.

Mes tras mes.
Año tras año.
Siempre la misma respuesta: nada.

Ninguna prueba positiva.
Ningún llanto de bebé.
Solo habitaciones vacías en una casa demasiado grande y demasiado fría.

Y poco a poco, la culpa empezó a tener nombre.
El mío.

—Tú eres la del problema —me decía Fernando sin siquiera mirarme—.
Una mujer que no puede dar hijos no sirve.

Al principio lo decía en voz baja.
Después, ya no tuvo cuidado

Su madre, Doña Marta, era todavía peor.

Cada comida familiar se convertía en un juicio.
Yo sentada en silencio.
Ella hablando por todos.

—Pobrecito de mi hijo —suspiraba—.
Tan buen hombre, tan trabajador… y le tocó una mujer estéril.
Si Fernando hubiera elegido mejor, ya tendría herederos.

Yo bajaba la mirada.
Me mordía los labios.
Me repetía que debía aguantar.

Porque no tenía a nadie más.

Mis padres habían fallecido.
No tenía hermanos.
Y todo… absolutamente todo… estaba a nombre de Fernando.

El dinero.
La casa.
Los negocios.

Incluso mi dignidad parecía no pertenecerme.

Con el tiempo, las humillaciones empeoraron.

Fernando empezó a beber.
Llegaba tarde.
Llegaba borracho.
Llegaba con rencor.

—¡No sirves como mujer! —me gritaba—.
¡Ni siquiera puedes darme un hijo!

Yo lloraba en silencio.
Nunca respondía.
Creí que merecía ese trato.
Creí que mi cuerpo había fallado.

Hasta que un día… mi mundo se rompió por completo.

Fernando llegó a casa acompañado de una mujer joven.

Alta.
Delgada.
Perfectamente arreglada.

Su mano descansaba con orgullo sobre un vientre claramente abultado.

—Valeria —dijo con una frialdad que jamás olvidaré—.
Ella es Camila.
Está embarazada.

Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

—Ella sí pudo darme lo que tú nunca lograste —continuó—.
Y a partir de hoy, va a vivir aquí.

Camila me miró de arriba abajo.
Sonrió.
Y acarició su vientre como quien presume un trofeo.

Doña Marta, por primera vez en años, parecía verdaderamente feliz.

Pero el golpe final vino después.

—Quiero que tú organices su baby shower —ordenó Fernando—.
Uno grande. Elegante. Con revelación de género.

Hizo una pausa.
Me miró con desprecio.

—Quiero que mis socios vean que por fin tendré un heredero.
Y si quieres seguir viviendo bajo este techo…
más te vale hacerlo perfecto.

No tuve opción.

Acepté.

Yo, la esposa legal…
organizando la fiesta del hijo de la amante de mi esposo.

Contraté decoradores.
Catering.
Música.

Elegí globos azules y blancos.
Mandé hacer un pastel enorme.

Cada detalle me rompía un poco más por dentro.

El día del baby shower, la casa estaba llena.

Familiares.
Amigos.
Empresarios importantes.

Todos sabían quién era yo…
y quién era ella.

Algunos me miraban con lástima.
Otros, con desprecio.

Camila caminaba orgullosa, acariciando su vientre, tomada del brazo de Fernando.
Reía.
Posaba para las fotos.

Doña Marta no dejaba de presumir.

—¡Por fin seré abuela! —decía emocionada.

Cuando tomó el micrófono, su voz resonó en todo el salón.

—La familia Montoya por fin tendrá un verdadero nieto —anunció—.
Gracias a Dios llegó Camila, porque si hubiera sido por Valeria…
nos habríamos quedado sin descendencia.

Las risas estallaron.

Yo estaba en una esquina.
Sosteniendo una charola con bebidas.

Todos aplaudían.
Nadie me miraba.

Parecía una empleada…
en mi propia casa.

Entonces Fernando me llamó.

—¡Valeria! —gritó—.
¡Sube al escenario!

Mis piernas temblaban.
Pero obedecí.

—Quiero agradecer públicamente a mi esposa —dijo con una sonrisa cruel—.
Por aceptar sus limitaciones…
y por organizar esta hermosa fiesta.

Luego lanzó la pregunta que todos esperaban.

—Valeria, ¿trajiste algún regalo para nuestro hijo?

Sonreí.

Por dentro, mi corazón latía con fuerza.
No de miedo.
Sino de decisión.

—Sí, Fernando —respondí con calma—.
Traje un regalo muy especial.

Hice una seña.
Un mesero se acercó y me entregó un sobre rojo grande.

—Camila —me dirigí a ella—.
Dijiste que tienes tres meses de embarazo, ¿cierto?

—Así es —respondió orgullosa—.
Y es niño. El heredero.

—Perfecto —dije—.
Fernando… abre el regalo.

Él sonrió, convencido de que encontraría algo valioso.

Pero en cuanto vio los documentos…
su rostro se descompuso.

—¿Qué es esto…? —susurró.

—Léelo en voz alta —le pedí.

No pudo.

Sus manos temblaban.
El silencio se volvió pesado.

Así que hablé yo.

—Durante diez años me llamaron estéril —dije—.
Me humillaron.
Me hicieron sentir menos.

Miré a Doña Marta.

—Pero hace un mes fui con un especialista en fertilidad.
El diagnóstico fue claro: estoy completamente sana.

Un murmullo recorrió el salón.

—Entonces me hice una pregunta —continué—.
Si yo estoy sana…
¿por qué nunca quedé embarazada?

Tomé aire.

—Mandé hacer estudios completos.
Y los resultados dicen que Fernando Montoya padece azoospermia.

El silencio fue absoluto.

—Eso significa —dije con voz firme—
que nació estéril.
Nunca ha podido tener hijos.
Nunca podrá.

Nadie se movió.
Nadie habló.

Pero si Fernando no podía tener hijos…
¿entonces de quién era el bebé que Camila llevaba en el vientre?

La verdad completa… en la Parte 2…

Fernando dejó caer los papeles.

El sonido seco al tocar el suelo se escuchó más fuerte que cualquier grito.

Sus manos temblaban.
Su rostro estaba completamente pálido.

—Si… si yo soy estéril… —balbuceó, mirando lentamente a Camila—
¿entonces… quién es el padre del bebé?

Camila abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Sus labios temblaron.
Sus ojos se llenaron de miedo.

—¡Eso es mentira! —gritó de pronto—.
¡Ella está inventando todo!
¡Está loca de celos!

Nadie respondió.
Todos miraban.

Yo di un paso al frente.

—¿Mentira? —dije con calma—.
También contraté a un investigador privado.

Metí la mano en mi bolso.
Saqué varias fotografías.
Las levanté para que todos las vieran.

—Camila mantiene una relación desde hace meses…
con su entrenador del gimnasio.

Un murmullo recorrió el salón.

En las fotos se veían abrazados.
Besándose.
Riendo juntos.

Camila se llevó las manos al vientre.

—No… no… —susurró—.
Esto no tenía que pasar así…

Doña Marta lanzó un grito desgarrador.

—¡Mi nieto!
¡Mi nieto no puede ser de otro hombre!

Fernando perdió el control.

—¡Me engañaste! —le gritó a Camila—.
¡Te di dinero!
¡Te compré un departamento!
¡Te mantuve como a una reina!

Camila cayó de rodillas.

—¡Perdóname! —lloró—.
Pensé que nunca lo sabrías…
Creí que con el embarazo todo estaría asegurado.

La cara de Doña Marta se transformó en rabia.

Se acercó y, sin dudarlo, le dio una bofetada.

—¡Lárgate de mi casa!
¡Desgraciada!

Los invitados comenzaron a levantarse.
Algunos grababan.
Otros murmuraban.

La música seguía sonando…
pero nadie la escuchaba.

La fiesta se convirtió en un caos.

Gritos.
Llanto.
Seguridad entrando al salón.

Camila fue sacada entre empujones, llorando, cubriéndose el rostro.

Yo bajé del escenario en silencio.

No sentía alegría.
No sentía venganza.

Sentía alivio.

Fernando se abrió paso entre la gente y cayó de rodillas frente a mí.

—Valeria… —dijo con la voz rota—.
Perdóname.
Yo no sabía que el problema era mío…

Me tomó la mano.

La aparté de inmediato.

—No me toques.

Lo miré a los ojos por primera vez en años.
Ya no sentía miedo.
Ya no sentía culpa.

—Ya hablé con mi abogado —dije con firmeza—.
Nos vamos a divorciar.

Fernando abrió los ojos, desesperado.

—No… no hagas esto…
Te amo…

Negué lentamente con la cabeza.

—No me amabas.
Amabas la idea de tener un hijo.
Y cuando creíste que nunca podrías tenerlo conmigo…
me destruiste.

Respiré hondo.

—Según nuestro acuerdo prenupcial, por tu infidelidad…
la mitad de tus bienes serán míos.

Fernando se quedó sin palabras.

Me di la vuelta.
Caminé hacia la salida.

Detrás de mí quedaron los gritos, los llantos…
y una familia completamente destruida.

La fiesta que iba a celebrar un “nuevo comienzo”…
se convirtió en su final.

Y yo…

Por primera vez en mi vida…

era libre