Dentro de la cabeza de la anciana había algo pequeño y negro. Era la huella de la envidia de alguien muy cercano. ¿Quién fue?

El dolor no llegó de golpe.

No fue un martillazo repentino ni una punzada clara que pudiera señalarse con el dedo.
Llegó como llegan las cosas malas de verdad: despacioen silenciosin aviso.

Primero fue una presión leve detrás del ojo izquierdo.
Luego una sensación de peso, como si alguien le colocara una piedra caliente dentro del cráneo.
Después, las noches sin dormir.
Los gemidos ahogados.
El sudor frío.

Hasta que el dolor dejó de ser dolor y se convirtió en presencia.

Doña Margarita Andrade lo describía así cuando aún tenía fuerzas para hablar:

—Siento como si algo pensara dentro de mi cabeza… algo que no soy yo.

Doña Margarita no era cualquier mujer.
Era viuda, elegante, firme, educada en la disciplina y el carácter.
Y, sobre todo, era la madre de Alejandro Romero, uno de los hombres más ricos y poderosos de México.

Había criado sola a su hijo.
Había cuidado cada paso de su formación.
Había sido la voz que lo detenía cuando la ambición quería devorarlo todo.

Por eso, cuando enfermó, Alejandro se negó a aceptar la palabra “no sabemos”.

La casa de Las Lomas de Chapultepec se transformó en un hospital privado.
Llegaron médicos de todas partes:

Neurólogos con currículos interminables.
Especialistas en dolor crónico.
Cirujanos que hablaban de probabilidades y estadísticas.
Terapeutas que pedían paciencia.

—La tomografía está limpia.
—No hay tumores.
—No hay coágulos.
—No hay explicación.

Pero Doña Margarita se apagaba.

Algunas madrugadas, el dolor era tan intenso que perdía el conocimiento.
Otras, permanecía despierta, rígida, con los ojos abiertos, como si temiera cerrarlos y no volver.

Alejandro pasaba las noches sentado junto a la cama, mirando cómo la mujer que lo había criado se volvía frágil, pequeña, vulnerable.

Él, que había resuelto crisis financieras con una llamada.
Él, que compraba soluciones con dinero.
Él, que nunca había sentido impotencia.

Nada funcionaba.

Aquella noche —una de las peores— Doña Margarita respiraba con dificultad. Sus labios estaban casi blancos. Cada inhalación parecía un esfuerzo que le arrancaba un poco más de vida.

Alejandro le sostenía la mano.

—Mamita… por favor… aguanta —le susurraba—. Ya viene el doctor… ya…

Pero en el fondo sabía que mentía.

Entonces escuchó un sonido casi imperceptible.

Un roce suave en la puerta.
Pasos contenidos, como de alguien que no quería ser visto.

Era Zoé.

La mujer de la limpieza nocturna.

Pequeña, morena, de manos cansadas.
Siempre callada.
Siempre invisible.

Llevaba apenas mes y medio trabajando en la casa. Nadie sabía mucho de ella. Solo que hacía su trabajo con respeto y no preguntaba nada.

Esa noche, sin embargo, no se retiró.

Se quedó de pie en la entrada, observando a Doña Margarita con una intensidad que Alejandro notó de inmediato.

No había curiosidad.
No había chisme.

Había preocupación verdadera.

—¿Necesita algo? —preguntó Alejandro con voz dura, cansada, irritada por semanas de frustración.

Zoé dudó. Bajó la mirada. Tragó saliva.

—Perdón, señor… yo no debería decir nada, pero… —levantó los ojos— yo he visto esto antes.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Cómo que lo ha visto?

—En mi pueblo, en Guerrero… una señora empezó igual. Los médicos tampoco encontraban nada.

Alejandro apretó la mandíbula.

—¿Me va a decir que usted sabe más que los especialistas?

Zoé negó rápido.

—No, señor. Yo no sé de medicina. Solo sé… cuando no es enfermedad.

Alejandro estaba a punto de despedirla, cuando Doña Margarita lanzó un quejido profundo, casi animal. Su cuerpo se arqueó ligeramente, como si algo la apretara desde dentro.

El corazón de Alejandro se hundió.

No podía seguir sin hacer nada.

—¿Qué… qué cree usted que es? —preguntó, más bajo.

Zoé dio un paso al frente. Sus manos temblaban, pero su voz se afirmó.

—A veces el dolor no viene del cuerpo —dijo—. Viene porque alguien carga con algo ajeno. Algo que le pusieron. Por envidia. Por coraje. Por ambición.

Alejandro sintió ganas de reír.
De gritar.
De decir que aquello era absurdo.

Pero no lo hizo.

Porque Zoé no hablaba como una loca.
Hablaba como alguien que decía una verdad antigua.

Alejandro miró a su madre.

—Mamá… ¿me dejas intentar? —le preguntó, con la voz rota.

Doña Margarita abrió los ojos. En ellos había dolor… pero también una súplica muda.

Asintió.

Zoé pidió silencio. Cerró la puerta. Apagó una luz. El ambiente cambió, como si el aire se hubiera vuelto más denso.

Levantó las manos lentamente, como quien escucha algo que no suena.

—Aquí hay algo muy pesado… muy viejo —susurró—. Aquí… en la sien izquierda.

Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Qué es eso?

—Algo que no le pertenece. Algo que alguien dejó para robarle la fuerza.

Zoé no tocó la cabeza. Sus dedos parecían presionar el vacío.

De pronto, Doña Margarita gritó.

No fue un grito de dolor.

Fue un grito de liberación.

Zoé cerró el puño con fuerza.

Y entonces, Alejandro vio lo imposible.

En la mano de Zoé apareció una pequeña esfera negra, del tamaño de un chícharo. Tan oscura que parecía absorber la luz de la habitación.

Pero lo más aterrador no fue lo que Zoé sacó de la cabeza de Doña Margarita…sino descubrir QUIÉN lo había puesto ahí.

Parte 2: la traición estaba dentro de la casa.

—Es un trabajo —dijo Zoé—. En mi tierra le dicen “la piedra del envidioso”.

Alejandro se quedó sin aire.

—¿Quién haría algo así?

Zoé negó lentamente.

—Alguien cercano.

Abrió la ventana y lanzó la esfera lejos, como si quemara.

Doña Margarita respiró profundo. Por primera vez en semanas.

—Ale… —susurró—. Hijo… siento paz.

Alejandro lloró sin vergüenza.

Lo que vino después fue verdad.

Cámaras.
Registros.
Correos borrados.

El culpable era Esteban Leal, su director financiero. Su amigo. Su “hermano”.

Había pagado a una curandera.
Había entrado al cuarto de Doña Margarita de madrugada.
Había escrito:

“Cuando la señora ya no esté, él firmará lo que sea.”

Alejandro sintió que algo se rompía para siempre.

Esteban fue arrestado.

Doña Margarita sanó.

Zoé se quedó.

Y Alejandro aprendió la lección que el dinero nunca pudo comprar:

El mal no siempre llega con violencia.
A veces llega en silencio…
y solo los humildes saben verlo