Cuando el termostato decía 22, pero el frío vivía en el sillón vacío/hi
La noche después de que el me “demostrara” que mi madre estaba equivocada, me quedé en ese salón demasiado caliente como si alguien me hubiera quitado el suelo bajo los pies.
Yo había ido a arreglar una máquina, y me había encontrado con una casa llena de un frío que no salía en ninguna pantalla. Lolo, con su piel pegada a la de mi madre, roncaba como si estuviera custodiando un secreto.
Fuera, la nevada no aflojaba. Se oían los copos contra la como un roce finísimo, y la calle, poco a poco, se iba tragando los sonidos del barrio. Dentro, el reloj seguía avanzando, pero por primera vez en mucho tiempo yo no lo estaba persiguiendo.
—¿Te quieres un té? —pregunté, casi en voz baja, como si tuviera miedo de romper algo.
Mi madre tardó un segundo en responder, no por despiste, sino porque estaba decidiendo si aceptaba el gesto. Al final asintió y se le escapó una media sonrisa que no era alegre todavía, pero sí real.
—Con azúcar —dijo—. Como antes.
Fui a la cocina y abrí armarios sin saber dónde estaba nada, y me di cuenta de lo poco que había mirado esa casa desde que murió mi padre. Yo venía, dejaba bolsas, revisaba el termostato, preguntaba “¿todo bien?” y me iba. La casa, mientras tanto, había seguido respirando sola.
Encendí el fuego de la cocina y puse el agua. En la ventana había un vaho suave y, por el cristal, las farolas parecían flotar dentro de una bola de nieve.
Cuando regresé con las tazas, vi que mi madre no estaba mirando la tele apagada ni el pasillo ni el termostato; estaba mirando a Lolo, como si el perro fuese una cosa imposible y, a la vez, lo más lógico del mundo.
—Cuando era niño —dijo de pronto, sin levantar la vista— tu padre siempre se quedaba aquí hasta que me dormía. Aunque se le cerraran los ojos, se quedaba. Yo me enfadaba porque decía que se iba a quedar tieso en el sillón. Y él me respondía: “si me voy, la casa se enfría”.
No supe qué contestar. Me senté en el reposapiés, cerca de ella, y me limité a sostener el silencio como se sostiene una manta: sin apretar, pero sin soltar.
—Yo pensé que sería fuerte —añadió—. Pensé que el duelo era como una herida que se cierra y ya está. Pero a veces… a veces es como una ventana mal cerrada. No la ves, pero por ahí entra el aire.
Lolo levantó un poco la cabeza, hizo ese ruido de garganta que parecía un “ajá” y volvió a apoyar el morro sobre el muslo de mi madre. Ella soltó una risa bajita, y esa risa me dolió más que sus lágrimas, porque era la primera en semanas, quizá en meses.
A medianoche, la luz parpadeó una vez. Luego otra. Y de pronto, como si alguien hubiera bajado un interruptor gigante, todo se apagó. El salón se quedó oscuro, la calefacción se calló, y el silencio se volvió más grande.