CRIÉ A MI HIJASTRA DESDE LOS 3 AÑOS. EN SU BODA, ME DESINVITÓ PARA DARLE MI LUGAR A SU ‘MADRE BIOLÓGICA’ QUE LA ABANDONÓ. YO ME LLEVÉ SU REGALO DE BODAS: LAS LLAVES DE SU CASA
Dicen que “madre no es la que engendra, sino la que cría”. Yo repetí esa frase como un mantra durante 22 años. Pero aprendí a la mala que, para algunos hijos, la sangre —por más tóxica que sea— pesa más que dos décadas de amor incondicional.

Conocí a Jorge cuando su hija, Sofía, tenía tres años. Su madre biológica, una mujer llamada Brenda, los había abandonado por irse a “vivir la vida loca” con un músico a otro país. Sofía era una niña rota, asustada, que lloraba por las noches preguntando por su mamá.
Yo fui quien secó esas lágrimas.
Yo fui quien le enseñó a leer. Yo fui quien estuvo en cada festival escolar, quien le curó la varicela, quien le explicó qué era la menstruación, quien le compró su primer vestido de graduación. Yo. No Brenda.

Brenda apareció esporádicamente. Una llamada cada dos años. Una muñeca barata por correo. Y sin embargo, Sofía idealizaba a esa mujer fantasma. “Mi mamá es artista”, decía con orgullo, mientras yo le planchaba el uniforme.

El conflicto estalló hace seis meses, cuando Sofía se comprometió con Mateo.
Yo estaba eufórica. Jorge y yo decidimos darle el mejor regalo posible: una casa. Usé la herencia que me dejó mi padre y mis ahorros de toda la vida para comprar un departamento hermoso en una zona exclusiva. Lo remodelé yo misma, pintando paredes y eligiendo los muebles. Quería que empezara su vida sin deudas, algo que yo no pude hacer.

Pero entonces, Brenda regresó.
Se enteró de la boda (y supongo que del buen estatus económico de Mateo) y apareció con una maleta y una historia de “redención”. Dijo que había cambiado, que quería recuperar el tiempo perdido.

Sofía, con 25 años pero con la ingenuidad de una niña de 5, cayó redonda.
Empezó a excluirme de los preparativos.
—Oye, ma… digo, Mariana —empezó a llamarme por mi nombre, lo cual me dolió más que un golpe—. Es que mi mamá Brenda quiere ir a la prueba del vestido. Ella tiene mucho estilo. Tú mejor quédate a organizar las mesas.

Aguanté.
—Mariana, en la despedida de soltera solo quiero a mi mamá Brenda y a mis amigas. Tú te verías rara ahí, eres más… señora.

Aguanté.
Pero la semana pasada, tres días antes de la boda, Sofía me citó en una cafetería. No me miraba a los ojos.

—Mariana, tengo que pedirte algo difícil —dijo, jugando con el azúcar—. Estuve hablando con mi mamá Brenda. Ella está muy sensible. Siente que si tú estás en la mesa principal o si tú apareces en las fotos familiares, ella se va a sentir desplazada. Ella es mi madre biológica, Mariana. Es su derecho estar ahí.

—¿Y qué me estás pidiendo, Sofía? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

—Que no vayas a la ceremonia religiosa ni al banquete. O sea, puedes ir a la fiesta después, ya tarde, como una invitada más… pero en la iglesia y en la cena, quiero que mi mamá Brenda ocupe el lugar de “Madre de la Novia”. Quiero que ella firme el acta como testigo. Quiero que ella baile conmigo.

—¿Me estás desinvitando de la boda de la hija que crié durante 22 años para no ofender a la mujer que te abandonó? —mi voz temblaba.

—No lo veas así. Tú has sido… útil. Has sido una gran madrastra. Pero ella es mi SANGRE. Y la sangre llama. Entiéndeme, quiero la foto perfecta con mis papás reales.

“Útil”. Esa palabra me destrozó. Fui un instrumento. Una niñera glorificada que pagó la universidad y la ortodoncia.

Me levanté. No lloré. El dolor era tan profundo que superaba al llanto.
—Está bien, Sofía. Entiendo. Quieres a tus padres reales. Respeto tu decisión. No iré a la boda.

—¡Gracias por entender! —dijo ella, aliviada—. Sabía que no te pondrías en plan tóxico. Ah, y sobre el regalo… ¿nos das las llaves del departamento antes o en la fiesta? Es que queremos ir llevando cosas.

Sonreí. Una sonrisa fría.
—No te preocupes por eso. Disfruta tu boda.

El sábado fue la boda.
Yo no fui. Jorge fue, furioso, obligado por mí (“Ve, es tu hija, no cometas el error de faltar”, le dije). Me cuentan que Brenda se emborrachó a la mitad del banquete, coqueteó con el novio y vomitó en el baño. La “foto perfecta” fue un desastre.

Ayer domingo, los recién casados regresaron de su noche de bodas en un hotel. Vinieron a nuestra casa a recoger “su regalo”.
Sofía venía radiante, con Brenda pegada a ella como una garrapata.

—¡Ya llegamos! —gritó Sofía—. ¡Mariana, perdón que no fuiste, pero estuvo increíble! Bueno, venimos por las llaves del depa. Mateo ya tiene las cajas en el coche.

Salí a la sala. Tenía un sobre en la mano.
Sofía extendió la mano, esperando las llaves.
Le entregué el sobre.

Lo abrió emocionada. Pero su sonrisa se borró cuando sacó el papel. No eran escrituras. Era un contrato de arrendamiento (alquiler) a nombre de una inmobiliaria.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Es un contrato de alquiler —le expliqué tranquila—. Verás, Sofía. La casa la compré yo. Está a mi nombre. Únicamente a mi nombre. Jorge no puso un centavo porque la herencia era mía.

—Ajá… ¿y? —dijo ella impaciente—. Pues dámela.

—No.
El silencio en la sala fue total.

—Ese departamento era un regalo para mi hija —continué—. Para la niña que crié, la que me llamaba ‘mamá’, la que valoraba mi amor. Pero tú me dejaste claro en la cafetería que yo no soy tu madre. Que solo fui “útil”. Que soy la “madrastra”.

Miré a Brenda, que me miraba con odio.
—Las madrastras no regalan casas de tres millones de pesos, Sofía. Las madres sí. Y como tu madre es ella… —señalé a Brenda— supongo que ella te dará un techo.

—¡Pero Brenda no tiene dinero! —gritó Sofía, empezando a llorar—. ¡Tú me prometiste la casa! ¡Ya dijimos que era nuestra!

—Y tú me prometiste que yo era tu familia. Rompiste el trato primero. El departamento lo puse en alquiler esta mañana. La inmobiliaria ya tiene un inquilino. Con la renta, me voy a pagar un viaje a Europa. Un viaje que siempre pospuse por pagar tus escuelas.

—¡Papá! ¡Dile algo! —le gritó a Jorge.

Jorge, que estaba sentado en el sillón, bebiendo un café, ni se inmutó.
—Mariana tiene razón, hija. Tú elegiste a tu familia “real” para la foto. Ahora pídele a tu familia “real” que te mantenga. Yo estoy muy decepcionado de ti.

Sofía cayó al suelo, llorando, suplicando perdón. Diciendo que era estrés de novia, que Brenda la manipuló.
Brenda, al ver que no había dinero que sacar, salió de la casa sin decir una palabra y se subió a un taxi. La volvió a abandonar en el momento en que se acabó el interés.

—Mira —le dije a Sofía, señalando la puerta por donde se fue su madre biológica—. Ahí va tu sangre. Corre, alcánzala. A ver si ella te paga la mudanza.

Las eché de mi casa.
Sofía y Mateo están viviendo en casa de la suegra, en un cuarto pequeño. Me llama todos los días. No contesto.
Tengo el corazón roto, sí. Pero prefiero llorar en un viaje por Italia pagado con mi renta, que llorar en una casa donde me tratan como un accesorio desechable.

¿Creen que fui demasiado vengativa al quitarle la casa, o ella se lo buscó por humillarme el día de su boda?
La lealtad es un camino de dos vías. Si te gustó esta lección de vida, síguenos para más historias reales