CONSTRUÍ MI CASA EN EL TECHO DE MIS PADRES Y ELLOS LE DIERON LAS ESCRITURAS A MI HERMANO ‘EL NINI’. HOY, MI REGALO DE DESPEDIDA FUE UNA BOLA DE DEMOLICIÓN

Dicen que el que construye en tierra ajena pierde la cal y la arena. Yo perdí la cal, la arena, diez años de ahorros y, de paso, a mi familia.

Soy el mayor de tres hermanos. Desde los 18 años trabajo en la construcción. Empecé cargando bultos de cemento y terminé como contratista independiente. Mis padres siempre tuvieron una casa modesta, de un solo piso, con un techo plano y vacío que gritaba “posibilidad”.

Hace cinco años, mi madre me propuso el trato:
—Hijo, en lugar de pagar renta por ahí, ¿por qué no construyes tu departamento aquí arriba? El techo es tuyo. Así nos haces compañía y nosotros te cuidamos la inversión. La casa será para ti y tus hermanos cuando faltemos, pero lo que construyas arriba es tuyo.

Confié. No firmé papeles. Eran mis padres. ¿Quién desconfía de la mujer que le dio la vida?

Invertí hasta el último centavo. No puse láminas ni materiales baratos. Puse cimientos reforzados, pisos de porcelanato, ventanas de aluminio, cocina integral de granito y un baño con tina. Aquello no era un “cuarto en la azotea”; era un penthouse en medio del barrio. Allí viví feliz tres años, pagando además la luz y el agua de toda la casa (incluida la de mis padres abajo) como agradecimiento.

El problema empezó con César, mi hermano menor. El “Nini” (ni estudia, ni trabaja). A sus 28 años, César seguía viviendo en la recámara de su infancia abajo, despertando a las 2 de la tarde y trayendo chicas diferentes cada semana.

Hace dos meses, una de esas chicas salió embarazada.
Mis padres entraron en pánico. “El bebé necesita un techo”, decían. “César tiene que sentar cabeza”.

El domingo pasado, después de la carne asada que yo pagué, mi padre carraspeó y soltó la sentencia.
—Hijo, hemos tomado una decisión. César va a tener familia. Él no tiene a dónde ir. Tú eres un hombre trabajador, soltero, tienes camioneta… a ti te va bien.
—¿Y eso qué tiene que ver? —pregunté, sintiendo un frío en la espalda.

—Vamos a escriturar la casa a nombre de César. Toda la propiedad. Abajo y arriba.
—¿Perdón? —solté una risa nerviosa—. ¿Y mi departamento?

—Pues… pasará a ser de César —dijo mi madre, evitando mi mirada—. Él necesita espacio para el bebé. Tú puedes buscarte un alquiler por mientras, y cuando César se estabilice, tal vez te deje quedarte en el cuarto de visitas de abajo.

—¡Me están robando! —grité—. ¡Yo metí un millón de pesos en esa planta alta! ¡Tengo las facturas!

César, con una sonrisa burlona, se encogió de hombros mientras comía una costilla.
—Ya escuchaste a los jefes, carnal. Es su terreno. Lo que está pegado al suelo es del dueño del suelo. Gracias por los acabados, por cierto. A mi novia le encantó la tina. Quiero que desocupes para el viernes, vamos a pintar el cuarto del bebé.

Intenté razonar. Lloré. Les recordé que yo les pagué la operación de vesícula a mamá y las deudas de juego de papá. No les importó.
—La sangre llama, y el bebé es prioridad. Tú eres fuerte, César es… vulnerable —dijo mi madre.

Fui a ver a un abogado el lunes.
—¿Tienes contrato de derecho de superficie? —me preguntó.
—No.
—¿Tienes permiso de construcción a tu nombre?
—Lo sacó mi papá.
—Estás frito, amigo. Legalmente, todo es de ellos. Si demandas por enriquecimiento ilícito, tardarás años y gastarás más de lo que vale la casa.

Salí del despacho derrotado. Caminé por la ciudad pensando en César bañándose en mi tina, riéndose de mí. Pensé en mis padres, traicionando mi esfuerzo para premiar la irresponsabilidad de su favorito.

Entonces, recordé algo que dijo el abogado: “Lo que está pegado al suelo es del dueño”.
Pero lo que no está pegado… o lo que deja de estarlo…

Contraté a una cuadrilla de mis mejores albañiles. Les pagué triple turno.
—¿Qué vamos a construir, jefe? —me preguntaron.
—Nada. Vamos a desmantelar.

Esperé a que mis padres y César se fueran al hospital el jueves por la mañana para el primer ultrasonido del bebé. Tenía una ventana de 6 horas.

Entramos con mazos, cinceles y taladros industriales.
No me llevé los muebles. Eso era poco.
Arrancamos la cocina integral. Quitamos el inodoro y la tina. Desmontamos las ventanas de aluminio, dejando los huecos pelones. Levantamos el piso de porcelanato a marrazos, rompiendo cada losa. Quitamos el cableado eléctrico, jalando los cables desde las entrañas de las paredes.

Pero no paré ahí.
—Tumben los muros divisorios —ordené.
Tiramos las paredes internas. Dejamos la planta alta como un cascarón vacío, lleno de escombros y polvo.
Y, como toque final, “accidentalmente” durante la remoción del piso, se perforó la impermeabilización del techo de mis padres en múltiples puntos críticos.

Cuando terminamos, mi hermoso departamento parecía una zona de guerra en Siria. Cargué lo recuperable en mi camión (ventanas, muebles de baño, cocina) y dejé la montaña de escombro allí mismo.

Mis padres y César llegaron a las 3 PM.
Escuché los gritos desde la esquina donde estaba estacionado observando.
—¡¿QUÉ PASÓ AQUÍ?! —aullaba mi madre.
—¡MI CASA! ¡ARRIUNASTE MI CASA! —gritaba César.

Bajé de la camioneta y me acerqué a la reja. Me miraron con odio, cubiertos del polvo que caía del techo.
—¿Qué hiciste, desgraciado? —me gritó mi padre—. ¡Te voy a demandar!

—Adelante —dije tranquilo, encendiendo un cigarro—. Ustedes dijeron que la casa era suya. Yo solo vine a recoger mis “mejoras”. Me llevo lo que pagué: la cocina, el baño, las ventanas, los cables. Les dejo su techo y sus paredes originales. Ah, y cuidado… vi en el pronóstico del tiempo que va a llover fuerte esta noche. Y creo que el techo ya no es impermeable.

—¡Eres un monstruo! —lloró mi madre—. ¡Tu hermano necesita esto!

—Mi hermano quería una casa regalada. Ahí tiene su casa. Que compre cemento y la arregle. Yo ya me voy.

Esa noche cayó una tormenta histórica.
Me cuentan los vecinos que tuvieron que sacar cubetas, que el agua se filtraba a chorros por el techo dañado hacia la planta baja, mojando los muebles de mis padres y la cama de César.

Hoy vivo en un departamento alquilado, modesto pero mío. No tengo la mejor vista, pero tengo una paz que no cambio por nada.
Ellos tienen una casa en ruinas, sin dinero para repararla, y una humedad que les recordará cada día que al hijo trabajador se le respeta, o se le pierde.

¿Fue justicia o maldad pura dejarlos con la casa destruida y con goteras sabiendo que venía un bebé en camino?

Moraleja: Papelito habla. Nunca construyas donde no eres dueño, ni aunque sea tu santa madre. Síguenos para más lecciones de vida.