La inquietud en la habitación crecía con cada minuto que pasaba.

La abuela miraba a Camila desde la cocina. Algunos familiares comenzaban a murmurar.

—La niña debería descansar —dijo una tía en voz baja.

Pero nadie se atrevía a apartarla del ataúd.

Camila seguía allí, inmóvil, mirando el rostro de su padre.

De repente, habló.

Su voz fue tan suave que al principio nadie la escuchó.

—Papá… ya puedes despertar.

La madre levantó la cabeza de inmediato.

—Camila, cariño…

Pero la niña no la miró.

Seguía observando el rostro pálido de Julián.

Luego dijo algo que hizo que varias personas se quedaran heladas.

—Dijiste que no me ibas a dejar sola.

Un silencio pesado cayó sobre la sala.

Algunos pensaron que la niña simplemente estaba negando la realidad.

Pero entonces ocurrió algo extraño.

Camila estiró su pequeña mano y tocó la de su padre dentro del ataúd.

—Papá… ya está bien. Mamá está aquí.

Pasaron unos segundos.

Nada ocurrió.

Algunos familiares suspiraron con tristeza.

Pero justo cuando la madre iba a acercarse…

Camila sonrió.

Una sonrisa tranquila, segura.

—Gracias por venir a despedirte —susurró.

La madre sintió un escalofrío.

—¿Qué dices, hija?

Camila finalmente levantó la mirada hacia ella.

Sus ojos estaban brillantes, pero no de lágrimas.

—Papá ya se fue —dijo con calma—. Solo vino a decirme que nos va a cuidar siempre.

Varias personas se miraron entre sí, incómodas.

Pensaron que era la imaginación de una niña que no entendía la muerte.

Pero en ese momento, ocurrió algo que nadie pudo explicar.

La ventana del salón, que había estado cerrada toda la tarde, se abrió suavemente.

Una ráfaga de viento entró en la habitación.

Las velas alrededor del ataúd parpadearon.

Y una de las flores blancas que estaba sobre el pecho de Julián cayó lentamente al suelo.

Camila miró hacia la ventana abierta.

—Adiós, papá.

Luego bajó de la silla.

Después de horas sin moverse, caminó directamente hacia su madre y la abrazó con fuerza.

—Ya podemos irnos —dijo.

La madre la abrazó temblando.

—¿Estás segura, amor?

Camila asintió.

—Sí. Papá dijo que ya no lloráramos más.

Aquella noche, mientras llevaban el ataúd al panteón, muchos recordaron lo que había pasado en el velorio.

Algunos dijeron que había sido el viento.

Otros que las flores simplemente se habían movido.

Pero la abuela, que había observado todo en silencio, dijo algo que nadie olvidó.

—Los niños a veces pueden ver lo que nosotros ya no podemos.

Camila nunca volvió a hablar de aquel momento.

Pero años después, cuando creció, conservaba un recuerdo muy claro de aquella tarde.

No recordaba miedo.

No recordaba tristeza.

Solo recordaba que, por un instante, sintió la mano de su padre apretando suavemente la suya… antes de decirle adiós