El grito de mi hijo no sonó humano.

Fue un sonido seco, roto, que atravesó las paredes de block de la casa y se me clavó directo en el pecho. Estaba en la cocina, sirviéndome un vaso de agua, y el vaso se me resbaló de las manos, estallando contra el suelo.

No me importaron los vidrios. No me importó nada.

—¡Carlitos! —grité, pero mi voz se ahogó en la garganta.

Corrí hacia el cajón de la mesita de entrada. Mis manos temblaban tanto que casi no pude abrirlo. Ahí estaba. La .38 especial que mi abuelo me había dejado. Vieja, pesada, fría.

Nunca pensé que tendría que usarla. Mucho menos en mi propia casa. Mucho menos contra alguien que vivía bajo mi techo

Salí al patio trasero como un animal herido, con el corazón martilleándome las costillas, esperando encontrar a un ladrón, a un secuestrador, a alguien a quien pudiera matar con mis propias manos.

Pero lo que vi fue peor. Mucho peor.

Ahí estaba Carlitos.

Mi niño de seis años, tirado en la tierra seca, con su playera de fútbol llena de polvo.

Y encima de él, estaba Balam.

Balam era ese perro mestizo, mezcla de pitbull con quién sabe qué, que mi esposa había insistido en recoger de la carretera hace tres meses. Yo no lo quería. Siempre le tuve desconfianza. Tenía la mirada dura, cicatrices de peleas callejeras y una mandíbula que parecía hecha para triturar huesos

—”Te lo dije, Elena” —pensé con una rabia ciega que me nubló la vista—. “Te dije que estos animales no cambian”.

El perro estaba sobre el pecho de mi hijo. Gruñía. Un sonido bajo, gutural, terrorífico.

Y lo vi.

Vi la sangre. Había sangre fresca embarrada en el hocico del perro. Sangre en el cuello de mi hijo.

El mundo se detuvo. El sol de mediodía en Monterrey quemaba, pero yo sentí un frío mortal recorriéndome la espalda.

—¡Quítate! —rugí, levantando el arma.

Balam levantó la cabeza. Me miró. Sus ojos amarillos se clavaron en los míos. No había miedo en ellos. Había algo más, algo que en ese momento interpreté como desafío.

—¡Aléjate de él o te juro que te mato! —grité de nuevo, quitando el seguro del revólver. El ‘click’ metálico sonó más fuerte que mis propios latidos.

Carlitos no se movía. No lloraba. Estaba demasiado quieto.

La culpa me golpeó como un mazo. Culpa por dejarlo salir solo. Culpa por aceptar a ese animal en casa. Culpa por no haber seguido mi instinto de echarlo a la calle la primera noche que gruñó por comida.

El perro no se movió. Al contrario, bajó la cabeza de nuevo hacia la cara de mi hijo.

—¡No! —aullé.

Apunté directo a la cabeza ancha del animal. Mi dedo índice se curvó sobre el gatillo. Estaba a milímetros. Solo necesitaba una fracción de segundo. Iba a volarle la tapa de los sesos ahí mismo. Quería verlo muerto. Quería borrar mi error con plomo.

“Hazlo”, me gritó una voz en mi cabeza. “Mató a tu hijo. Mátalo”.

Mis nudillos estaban blancos. La respiración se me cortaba. Las lágrimas de rabia me escurrían por la cara, mezclándose con el sudor.

Estaba listo. Ya no había vuelta atrás.

Pero entonces, Balam hizo algo que congeló mi dedo.

No mordió.

No atacó.

Con una delicadeza que no correspondía a su tamaño ni a su fama de asesino, Balam empezó a empujar el cuerpo de Carlitos con su nariz.

Soltó un gemido. No era un gruñido de ataque. Era un llanto. Un chillido agudo, desesperado, casi humano.

El perro me miró de nuevo, y esta vez, a través de la mira de mi arma, vi lo que la rabia no me había dejado ver antes.

No tenía los ojos de un asesino.

Tenía los ojos llenos de pánico.

Balam volvió a bajar el hocico y empezó a lamer frenéticamente la mejilla de mi hijo, limpiando las lágrimas del niño, empujándolo con el hombro como diciendo: “Despierta, por favor, despierta”.

Y luego, se giró hacia mí y ladró. Un ladrido seco, imperativo, urgente.

Bajé la mirada, siguiendo la línea de su cuerpo protector.

Y entonces lo vi.

A un metro de distancia, medio oculta entre las macetas de barro rotas, estaba la verdadera amenaza.

Una nauyaca.

Una víbora enorme, decapitada, con el cuerpo aún retorciéndose en espasmos finales. La cabeza estaba destrozada a mordidas.

La sangre en el hocico de Balam no era de mi hijo.

Era de la serpiente.

El perro no estaba atacando a Carlitos. Lo estaba cubriendo con su propio cuerpo. Estaba haciendo de escudo humano… de escudo canino.

Mis piernas fallaron. El arma se me resbaló de los dedos y cayó a la tierra con un golpe sordo.

Caí de rodillas, con el peso de mi estupidez aplastándome el alma.

—Carlitos… —susurré, arrastrándome hacia ellos.

Balam no se quitó. Se quedó ahí, firme, temblando, sangrando de una herida en la pata que yo no había notado, protegiendo a mi hijo de un peligro que yo ni siquiera vi.

Cuando llegué junto a ellos, Carlitos abrió los ojos, aturdido, y abrazó el cuello del perro.

—Papá… —dijo mi hijo con un hilo de voz—, Balam me salvó. La víbora iba a picarme…

Miré al perro. Ese perro callejero, sucio, marcado por la vida, al que yo estuve a punto de ejecutar hace tres segundos.

Balam me lamió la mano que sostenía el arma instantes atrás.

Me rompí.

Ahí, en el polvo del patio, abracé a mi hijo y abracé el cuello grueso y musculoso de ese animal, y lloré como no había llorado desde que era un niño. Lloré de vergüenza. Lloré de gratitud. Lloré porque estuve a punto de cometer el error más grande de mi vida.
CHAPTER II

Mis manos no dejaban de temblar. El arma, esa maldita pistola de mi abuelo que casi se convierte en la herramienta de mi mayor pecado, pesaba ahora como si estuviera hecha de plomo sólido.

—¡Carlitos! ¡Mírame, mijo! —grité, con la voz quebrada, mientras me lanzaba al suelo, ignorando el dolor en mis rodillas sobre la tierra seca.

El niño no lloraba. Estaba en un trance de puro terror, con los ojos fijos en el cuerpo retorcido de la nauyaca que yacía a unos pasos. Balam, el perro que yo había despreciado desde el primer día, el animal que yo llamaba ‘estorbo’, estaba echado a su lado.

Su respiración era un silbido ronco.

Revisé frenéticamente las piernas de mi hijo. Nada. Ni un rasguño. Solo el polvo del patio y el rastro de la saliva de Balam cuando lo lamió para despertarlo del shock.

—Estás bien, amor. Estás bien —le dije, abrazándolo con una fuerza desesperada, sintiendo el latido de su corazón contra mi pecho como el aleteo de un pájaro atrapado.

Pero entonces escuché un quejido. No era un ladrido, ni un gruñido. Era un llanto humano, profundo, que venía desde las entrañas del perro.

Miré a Balam. Sus ojos amarillos, que siempre me habían parecido desafiantes, ahora estaban nublados por el dolor. Entonces lo vi. Su pata delantera derecha estaba empezando a hincharse con una rapidez aterradora. El pelaje oscuro estaba húmedo, no solo por la sangre de la víbora, sino por la suya propia.

La maldita serpiente lo había alcanzado antes de que él le partiera el espinazo.

—No, no, no… Balam, no —susurré.

El sentimiento de culpa me golpeó en el estómago como un mazo. Hace apenas sesenta segundos, yo estaba listo para volarle los sesos al único ser que había salvado lo que más amo en este mundo.

Cargué a Carlitos y lo llevé corriendo a la casa.

—¡Elena! ¡Elena, cuida al niño! —grité a mi mujer, que salía asustada por el escándalo—. ¡Llamen a una ambulancia para que revisen a Carlitos por el shock, pero yo me llevo al perro!

—¿Qué pasó, Mateo? ¿Por qué traes la pistola? —preguntó Elena, pálida.

—¡Le salvó la vida! ¡Balam mató a una nauyaca y lo mordieron! ¡Si se muere, no me lo voy a perdonar nunca!

No esperé respuesta. Salí de nuevo al patio. Balam ya no podía levantarse. Sus patas flaqueaban y un hilo de espuma empezaba a asomar por su hocico. El veneno de esas víboras es un ácido que te devora por dentro en cuestión de minutos.

Lo levanté en brazos. Pesaba una tonelada. Era puro músculo y lealtad. Lo acomodé en el asiento del copiloto de mi vieja troca, sobre una manta que olía a campo y a trabajo.

—Aguanta, cabrón. No te me vayas ahora. Por favor, no te me vayas —le pedí, mientras encendía el motor.

El motor rugió, y salí quemando llanta por el camino de tierra. El pueblo más cercano con un veterinario que tuviera antídotos estaba a cuarenta minutos, si manejaba como un loco. Y yo pensaba manejar como un demonio.

La carretera estaba llena de baches, los clásicos hoyos de las rutas rurales de México que parecen cráteres lunares. Cada vez que la camioneta saltaba, Balam soltaba un gemido débil. Yo apretaba el volante hasta que mis nudillos se ponían blancos.

—Perdóname, Balam. Fui un estúpido. Fui un ciego —le hablaba, tratando de mantenerlo consciente. Él me miraba de reojo, con la lengua de fuera, luchando por cada bocanada de aire.

Iba a más de ciento veinte en una zona de sesenta. El viento silbaba en las ventanas rotas. De repente, al llegar a la desviación de ‘El Salto’, mi peor pesadilla se hizo realidad: un camión cañero, de esos gigantescos que parecen fortalezas móviles, se había volcado bloqueando ambos carriles.

—¡No! ¡Hijo de tu…! —golpeé el tablero.

Había una fila de autos y camionetas ya detenidos. La gente estaba afuera de sus vehículos, mirando el desastre. No había forma de pasar por el asfalto.

Miré hacia los lados. Solo había un terraplén de tierra roja y una cerca de alambre de púas.

—Agárrate, Balam —dije, aunque sabía que el pobre animal apenas podía sostenerse.

Metí la doble tracción y me desvié hacia la zanja. La camioneta se inclinó peligrosamente. Sentí que íbamos a volcar. Las ramas de los huizaches rayaban la pintura de la troca con un sonido chirriante, como gritos de metal.

Logré saltar la zanja y entrar al terreno de siembra paralelo a la carretera. El polvo se levantó como una cortina espesa. No veía nada, solo manejaba por instinto, esquivando surcos y piedras grandes.

De pronto, un estallido.

¡PUM!

La dirección se me fue de las manos. La llanta delantera derecha había estallado al pasar sobre un tronco seco. La camioneta patinó y se detuvo en seco, levantando una nube de tierra.

—¡Mierda! ¡No ahora! —grité, saliendo de la cabina.

Miré el neumático. Estaba destrozado. Miré a Balam por la ventana. Sus ojos se estaban cerrando. El veneno estaba ganando la batalla.

Estaba solo en medio de un campo de maíz, a kilómetros del pueblo, con una llanta ponchada y el héroe de mi hijo muriéndose en mi asiento.

Me desplomé un momento contra la puerta. El silencio del campo era ensordecedor. Solo se escuchaba el ‘clic, clic’ del motor caliente enfriándose.

—No te puedes morir así —le dije al aire—. No después de lo que hiciste.

Sentí una rabia fría recorrer mi cuerpo. No iba a dejar que se acabara así. Saqué el gato hidráulico y la cruceta. Mis manos, antes temblorosas por el miedo, ahora se movían con una precisión quirúrgica. Cambié la llanta en un tiempo récord, sudando a mares, con el sol de la tarde quemándome la nuca.

Cuando terminé, subí de nuevo. Balam estaba muy frío. Su respiración era casi imperceptible.

—Ya casi llegamos, campeón. Ya casi —le puse la mano en la cabeza. Su pelaje estaba erizado.

Entré al pueblo tocando el claxon como un desquiciado. La gente se quitaba de mi camino, insultándome, pero no me importaba. Llegué a la clínica del Doctor Méndez, el único veterinario de la zona que sabía tratar mordeduras de serpiente.

Frené en seco frente al local. Estaba cerrado.

—¡No! ¡Méndez! ¡Abre la maldita puerta! —empecé a patear la cortina de hierro.

Un vecino se asomó por una ventana superior.

—El doctor se fue a una urgencia a un rancho, joven. No vuelve hasta mañana.

Sentí que el mundo se me venía abajo. Miré a la camioneta. Balam estiró una pata y soltó un último suspiro largo, un sonido que me desgarró el alma. Sus ojos se fijaron en un punto inexistente en el horizonte.

Me acerqué a la ventana, le toqué el cuello. No sentía pulso.

—No, Balam… por favor. No me hagas esto. No me dejes con esta deuda —le supliqué, mientras las lágrimas que había contenido durante todo el trayecto empezaron a rodar por mis mejillas.

En ese momento, vi algo en el piso de la camioneta. Un pequeño sobre que Elena siempre guardaba en la guantera para emergencias. Era un frasco de dexametasona y una jeringa vieja. No era el antídoto, pero era un antiinflamatorio potente que podría ganar tiempo. O podría matarlo si no sabía la dosis.

Miré al perro, que parecía ya un cadáver de piedra. Miré la jeringa. Era una decisión de vida o muerte.

—Si te vas a ir, que sea peleando, carnal —dije con la voz ronca.

Le clavé la aguja en el muslo y vacié el líquido. Esperé un segundo, dos, diez…

Nada.

Justo cuando iba a rendirme y aceptar que el perro que me enseñó el significado de la palabra sacrificio se había ido para siempre, Balam tuvo un espasmo. Su pecho subió de golpe y soltó un estornudo lleno de sangre.

Seguía vivo. Por ahora.

Pero el tiempo se acababa y el doctor Méndez no estaba. Entonces recordé: el hospital de humanos del IMSS estaba a tres cuadras. Sabía que era ilegal, que los doctores de humanos no pueden tratar animales, pero tenía la pistola en la cintura y una desesperación que no entendía de leyes.

Arranqué de nuevo. Iba dispuesto a todo.

Al llegar a la entrada de urgencias del hospital, los guardias me cerraron el paso.

—¡Es una emergencia! —grité.

—Aquí no recibimos perros, jefe. Váyase a una veterinaria —dijo un guardia gordo con cara de pocos amigos.

Me bajé de la camioneta. No saqué la pistola, pero mi mirada debía dar miedo porque el guardia dio un paso atrás.

—Ese perro salvó a mi hijo de una nauyaca. Tiene el veneno adentro. Si no me dan un vial de antiviperino ahora mismo, juro por la tumba de mi madre que de aquí no sale nadie ileso.

El ambiente se tensó. Otros dos guardias se acercaron, llevando la mano a sus macanas. La gente en la sala de espera nos miraba con la boca abierta. En el asiento de la troca, Balam volvió a cerrar los ojos, y esta vez, un hilo de sangre negra empezó a salir de sus oídos.

—¡Es ahora o nunca! —rugí, sintiendo que el corazón me iba a estallar.

En ese momento, una doctora joven, con el uniforme manchado de café, salió por las puertas batientes de urgencias. Miró al perro, me miró a mí, y luego miró la determinación suicida en mis ojos.

—Tráiganlo —dijo ella con firmeza.

—Doctora, es un perro, no podemos… —empezó el guardia.

—Es un ser vivo y tiene veneno de Bothrops en la sangre. Si no lo ayudamos, va a morir en esa banqueta. ¡Tráiganlo a la mesa de curaciones trasera, ahora! —ordenó.

Cargué a Balam por última vez. Entramos al hospital como si fuéramos fugitivos. La doctora empezó a preparar el suero. Yo sostenía la cabeza de Balam, susurrándole al oído que todo iba a estar bien, mientras por dentro me preguntaba si Dios me perdonaría por haber odiado tanto a un ángel con pelaje de perro.

De pronto, las luces del hospital parpadearon y se fueron. Todo quedó en una oscuridad absoluta, excepto por el sonido del monitor de signos vitales que empezó a pitar de forma continua, anunciando un paro cardíaco.

—¡Se nos va! —gritó la doctora en la oscuridad.

Balam dejó de moverse.
CHAPTER III

La oscuridad no era solo la falta de luz.

Era un muro de granito que se nos cayó encima de repente, aplastando el último hilo de esperanza que colgaba del monitor cardíaco.

Ese pitido largo, esa línea horizontal que indicaba que el corazón de Balam se había rendido, se quedó grabado en mis oídos incluso cuando el silencio se volvió absoluto.

— ¡No! —grité, pero mi voz sonó pequeña, ahogada por las paredes de aquel hospital que no estaba hecho para perros.

Sentí que el mundo se detenía.

La doctora Elena no se detuvo.

En la penumbra, escuché el roce de sus guantes de látex y el movimiento frenético de su cuerpo.

— Mateo, saca el teléfono. ¡Ahora! Pon la linterna —me ordenó con una voz que no aceptaba dudas.

Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el celular al suelo.

Logré encender la luz.

El haz blanco iluminó la mesa de acero y el cuerpo de Balam, que parecía un saco de piel y huesos, completamente inmóvil.

La doctora estaba subida casi encima de la mesa, presionando el pecho del perro con un ritmo constante.

— Uno, dos, tres… —contaba en voz baja.

Yo sostenía la luz, tratando de no ver la sangre, tratando de no ver los ojos entreabiertos y vacíos de Balam.

Era el perro que yo había despreciado.

El animal que yo había querido sacar de mi casa a patadas.

Y ahí estaba, muriéndose por salvar a mi hijo, mientras yo solo podía ofrecerle una luz temblorosa en una habitación a oscuras.

— Vamos, Balam. No te vayas así —susurré.

El sudor me corría por la frente.

El calor en el hospital se volvía insoportable sin el aire acondicionado.

Elena no dejaba de presionar.

Sus brazos debían estar doliéndole, pero su rostro era una máscara de pura determinación.

— ¡Necesito adrenalina! —exclamó ella— Estaba en la bandeja, búscala.

Con la linterna, barrí la superficie de metal.

Vi la jeringuilla preparada.

Se la pasé con cuidado, mis dedos rozando los suyos.

Ella la clavó con precisión quirúrgica.

Pasaron diez segundos.

Veinte.

Treinta.

El silencio era tan denso que podía escuchar los latidos de mi propio corazón, pero no los de él.

— Por favor —pedí a quien fuera que estuviera escuchando allá arriba—.

No por mí. No me lo merezco.

Hazlo por Carlitos.

Hazlo por el niño que lo está esperando en casa.

De repente, un espasmo.

Balam dio una sacudida brusca, como si un rayo lo hubiera atravesado.

Un sonido ronco, un intento de aliento, salió de su garganta.

— Tenemos pulso —dijo Elena, y por primera vez escuché que su voz flaqueaba de alivio—.

Es débil, pero está ahí.

Me dejé caer contra la pared, deslizándome hasta el suelo frío.

Me tapé la cara con las manos y, por primera vez en muchos años, lloré como un niño.

Lloré por el miedo, por la culpa y por la increíble nobleza de ese animal que, a pesar de mis desprecios, decidió dar la vida por mi familia.

Unos minutos después, las luces del hospital parpadearon y regresaron con un zumbido eléctrico.

El monitor volvió a la vida, mostrando una curva pequeña, errática, pero constante.

Balam estaba vivo.

Pero la burbuja de paz duró poco.

La puerta de la sala se abrió de golpe.

Dos oficiales de policía y el jefe de seguridad del hospital entraron con el rostro endurecido.

— ¿Es él? —preguntó uno de los policías, señalándome.

El guardia asintió.

— Entró por la fuerza, agredió al personal de seguridad y trajo a… a eso —dijo el guardia, mirando con asco al perro sobre la mesa.

Me levanté despacio.

No opuse resistencia.

No tenía sentido pelear más.

Ya había hecho lo que vine a hacer.

— Oficial, entiendo perfectamente —dije, extendiendo mis manos para que me esposaran—.

Hagan lo que tengan que hacer.

Pero ella no tiene la culpa —señalé a Elena—.

Solo me ayudó porque yo la obligué.

Elena intentó hablar, pero le hice una señal para que guardara silencio.

No quería que perdiera su carrera por mi culpa.

Me sacaron de la sala mientras ella empezaba a estabilizar a Balam para las próximas horas.

Al pasar por el pasillo, vi a las personas en la sala de espera mirándome.

Algunos con miedo, otros con reproche.

Yo caminaba con la cabeza alta, no por orgullo, sino por una paz interna que no recordaba haber sentido nunca.

Pasé la noche en una celda de la comisaría local.

El cemento era frío y el olor a desinfectante barato me recordaba al hospital.

No pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de la serpiente nauyaca y el salto de Balam para interponerse entre el veneno y mi hijo.

Me preguntaba si Balam aguantaría la noche.

Me preguntaba si Carlitos estaría preguntando por él.

A la mañana siguiente, mi esposa, Laura, llegó para sacarme.

Pagó la fianza con los ahorros que teníamos para las vacaciones.

Cuando salí a la luz del sol, ella no me gritó.

No me reclamó el dinero ni el escándalo.

Simplemente me abrazó con una fuerza que me rompió las costillas.

— Carlitos no ha dejado de llorar por él —me dijo al oído—.

Pero la doctora llamó.

Dice que Balam pasó la crisis.

Que es un guerrero.

El proceso legal duró meses.

Tuve que pagar una multa considerable por daños y perjuicios al hospital.

También me sentenciaron a doscientas horas de servicio comunitario.

Irónicamente, pedí cumplirlas en un refugio de animales local.

Al principio, los voluntarios me miraban con desconfianza.

Sabían quién era yo: el hombre que llevó a un perro a un hospital de humanos a punta de gritos.

Pero con el tiempo, el trabajo sucio, el limpiar jaulas y alimentar a los abandonados, me fue lavando el alma.

Cada perro que veía tenía un poco de Balam en los ojos.

Balam volvió a casa dos semanas después de aquella noche.

Tenía una cicatriz larga en el cuello y caminaba con una ligera cojera en la pata delantera derecha, donde el veneno había hecho más daño.

El día que cruzó el umbral de la puerta, yo estaba sentado en el sofá.

Carlitos corrió hacia él, pero se detuvo a medio camino, recordando que debía tener cuidado.

Balam, con ese instinto que solo los perros tienen, simplemente se acercó y le lamió la cara.

Luego, ocurrió lo que yo más temía y, a la vez, lo que más necesitaba.

Balam caminó hacia mí.

Se detuvo frente a mis rodillas y me miró.

No había rencor en su mirada.

No había miedo.

Solo esa lealtad incondicional que yo nunca había comprendido.

Esa lealtad que no se gana con palabras, sino con la pura existencia.

Me agaché, puse mi mano sobre su cabeza y sentí su pelaje áspero.

— Perdóname, amigo —le dije en voz muy baja, para que nadie más me oyera—.

Perdóname por haber tardado tanto en verte.

Él simplemente suspiró y apoyó su peso contra mis piernas.

La vida en casa cambió por completo.

Ya no era “el perro”.

Era Balam.

Mi esposa a veces bromea diciendo que ahora lo cuido más a él que a mí mismo.

Y quizás tenga razón.

Le construí una cama de madera junto a la ventana, donde el sol da de lleno por las tardes.

Me aseguro de que siempre tenga el mejor alimento y de que sus paseos sean largos, respetando su paso lento.

Pero el cambio real no fue en la casa, sino en mi interior.

Aprendí que la hombría no se mide por la dureza del carácter, sino por la capacidad de proteger a los que no tienen voz.

Aprendí que los prejuicios son vendas que nosotros mismos nos ponemos para no ver la belleza de lo diferente.

Una tarde de domingo, estábamos todos en el jardín.

Carlitos jugaba a la pelota y Balam, a pesar de su cojera, intentaba seguirle el ritmo.

Me quedé observándolos desde el porche.

Vi la cicatriz en el cuello de Balam brillando bajo el sol.

Esa marca era el recordatorio de un sacrificio que yo, con toda mi supuesta superioridad humana, no sé si habría sido capaz de hacer.

Me di cuenta de que Balam no solo salvó la vida de mi hijo esa tarde en el monte.

Me salvó a mí de convertirme en un hombre amargado y ciego.

Me enseñó que el perdón no necesita explicaciones, solo presencia.

Hoy, cuando la gente pasa por la casa y ve a ese perro viejo y cojo descansando en el jardín, ven a un animal.

Pero yo veo a un maestro.

Veo al ser que me enseñó que el amor no entiende de especies, de hospitales prohibidos o de leyes humanas.

Porque al final del día, todos somos criaturas buscando un lugar donde pertenecer y alguien que nos cuide cuando llega la oscuridad.

Miré mis manos, las mismas que alguna vez pensaron en deshacerse de él.

Ahora solo servían para acariciar sus orejas y asegurarme de que nunca más volviera a sentirse solo.

Balam se acercó a mí, cansado del juego, y puso su cabeza en mi regazo.

Cerró los ojos, confiando plenamente en el hombre que una vez fue su mayor amenaza.

Esa confianza es el regalo más grande que he recibido en mi vida.

Y me prometí a mí mismo, mientras el sol se ocultaba tras los cerros, que pasaría el resto de mis días siendo el hombre que él cree que soy.

Porque a veces, el animal más salvaje no es el que muerde, sino el que no sabe amar hasta que un ser más noble le enseña el camino.

END