MUJER SALVADA POR UN LOBO Y UN LEÓN — TE SORPRENDERÁ EL FINAL

Al pie de una sierra espesa y peligrosa conocida como La Selva del Espanto, vivía una mujer llamada Elena Morales. Elena rondaba los cuarenta años, llevaba una vida solitaria en una pequeña cabaña de madera y sobrevivía cultivando hortalizas y recolectando frutos silvestres. La gente del poblado, más abajo en el valle, la evitaba. La llamaban curandera loca o simplemente la rara del monte, porque decían que prefería hablar con los árboles y los pájaros antes que con las personas.

La verdad era otra. Elena cargaba una herida profunda en el corazón. Había quedado huérfana muy joven y sus propios familiares la engañaron, quedándose con la herencia de sus padres. Cansada de la avaricia y la traición, decidió alejarse de la civilización y refugiarse en la montaña.

Una noche oscura y lluviosa, mientras la tormenta azotaba la sierra, Elena escuchó un estruendo terrible cerca del barranco. Sonó como metal chocando contra roca. Al amanecer, cuando la lluvia cesó, siguió el rastro del ruido.

Allí encontró un camión destrozado en el fondo del barranco. Era un vehículo de traficantes ilegales de fauna silvestre, personas que contrabandeaban animales exóticos para venderlos en el mercado negro. El conductor y sus cómplices estaban muertos. Las jaulas de la parte trasera estaban abiertas y hechas pedazos.

Entre los restos, Elena vio que dos criaturas aún respiraban, gravemente heridas: un cachorro de lobo gris, con la pata rota, y un pequeño león, cubierto de heridas y apenas capaz de abrir los ojos.

Elena sabía que era peligroso. Eran animales salvajes. Pero al escuchar sus gemidos, tan débiles como el llanto de un bebé, su corazón no resistió.

—Ustedes no tienen la culpa —susurró—. También son víctimas de la maldad humana.

Uno por uno, los cargó hasta su cabaña. Curó sus heridas con hierbas medicinales, acomodó la pata rota del lobo y veló por ellos día y noche. Los primeros meses fueron durísimos. Elena apenas comía camote y plátano para poder comprar leche y algo de carne en el pueblo para los animales.

En el mercado se burlaban de ella:

—¡Ahí viene la loca del monte! ¡Comprando carne para sus monstruos! —gritaban—. ¡Un día te van a devorar, Elena!

Ella nunca respondió.

 

Llamó al lobo Lobo y al león León. Durante dos años, dentro de un cercado alto que construyó para evitar accidentes, crecieron juntos. Contra toda lógica, el lobo y el león —enemigos naturales— se volvieron hermanos bajo el cuidado de Elena.

Comían juntos, dormían cerca de ella. Cuando Elena se sentía triste, Lobo le lamía la mano y León apoyaba su enorme cabeza en su regazo. Por primera vez en su vida, Elena sintió que tenía una familia. Una familia que no hablaba, pero que entendía el corazón.

Sin embargo, al crecer, Elena supo que no podían quedarse para siempre. León se volvió gigantesco. El aullido de Lobo ya se escuchaba hasta el pueblo, y los vecinos empezaron a quejarse. El comisario ejidal la amenazó:

—Si no te llevas a esos animales, los vamos a matar.

Con el alma rota, Elena tomó la decisión.

—Tienen que irse —dijo llorando, abrazando sus cuellos—. Aquí ya no están seguros. La gente no los entiende… los van a matar.

Los llevó hasta lo más profundo de la selva, a una zona prohibida donde nadie se atrevía a entrar.

—Aquí serán libres. No vuelvan con los humanos —les pidió.

Lobo y León se resistieron. Voltearon varias veces, pero Elena les dio la espalda y regresó corriendo, llorando desconsoladamente. Aquel fue el día más doloroso de su vida. Una vez más, quedó sola.

Pasaron tres años.

Elena envejeció y se debilitó. La tierra que nadie quería de pronto despertó el interés de un poderoso empresario llamado Rodrigo Gozón, quien planeaba construir un resort de lujo y, en secreto, explotar una mina ilegal en la sierra.

Compró todos los terrenos alrededor. El único obstáculo era la cabaña de Elena, justo en el centro del proyecto.

Sus hombres fueron a verla.

—Vete de aquí, vieja. La tierra ya está pagada —le dijo el capataz.

—No —respondió Elena con firmeza—. Aquí nací y aquí moriré. No destruirán la selva.

Al negarse, Gozón recurrió a la violencia.

Una noche, Elena despertó con olor a humo. ¡Su terreno estaba ardiendo! Al salir, vio a cinco hombres armados con machetes y pistolas.

—¿No quisiste irte por las buenas? —se burló el líder—. Pues aquí te vamos a enterrar.

La ataron y la arrastraron selva adentro, planeando matarla y hacer pasar su muerte como un ataque de animales.

—¡Ayuda! —gritó Elena—. ¡Por favor!

La llevaron al borde de un barranco.

—¿Últimas palabras, abuela? —dijo uno levantando el machete.

Elena cerró los ojos.

—Dios mío… en tus manos me pongo…

De pronto, el viento se detuvo. Los insectos enmudecieron.

Desde la oscuridad surgió un gruñido profundo.

Grrrrrrr…

Aparecieron ojos brillando en la noche.

—¿Qué fue eso? —preguntó uno, temblando.

Un aullido estremecedor rompió el silencio:

—¡Auuuuuu!

Un enorme lobo gris, el doble del tamaño normal, saltó desde una roca y destrozó el brazo del hombre del machete.

Antes de que los demás dispararan, salió de entre la maleza un león gigantesco, con una melena espesa y una cicatriz en el rostro.

—¡ROAAAR!

Era León. Y el lobo era Lobo. No estaban solos: detrás de Lobo venía una manada, y León avanzaba como el rey indiscutible de la selva.

Habían regresado.

Los animales rodearon a Elena, protegiéndola. León se colocó frente a ella, mostrando los colmillos. Lobo vigilaba la retaguardia.

Los sicarios, aterrados, huyeron disparando al aire, cayendo por el barranco y lastimándose en su desesperada fuga. Los animales no los persiguieron.

Cuando todo terminó, León se acercó a Elena y lamió las lágrimas de su rostro. Lobo se recostó a sus pies, como cuando era cachorro.

—Pensé que me habían olvidado… —sollozó Elena—. Volvieron… me salvaron.

Pero aún faltaba la última sorpresa.

Lobo jaló su falda y la guió hasta una cueva oculta bajo el barranco. Allí estaban los restos del camión… y una caja metálica.

Dentro había diamantes de sangre y lingotes de oro, escondidos por los traficantes.

Elena usó esa riqueza para hacer justicia: denunció a Rodrigo Gozón, protegió legalmente la sierra y la declaró Santuario Natural Protegido.

La mujer a la que llamaban loca fue conocida desde entonces como La Reina de la Selva.

Vivió allí el resto de su vida, junto a sus verdaderos hijos: Lobo y León.

Porque la verdadera bestia no vive en el bosque…

Vive en el corazón humano.