Al Entrar a una Mansión para Entregar un Paquete, el Repartidor Quedó Paralizado al Ver un Retrato Idéntico al de su Esposa — Un Secreto Aterrador Sale a la Luz

Javier nunca imaginó que algún día cruzaría la reja de una mansión como aquella.

El portón de hierro negro era más alto que dos personas juntas. Cámaras de seguridad seguían cada uno de sus pasos con movimientos lentos y silenciosos. El patio empedrado se extendía amplio, frío, casi sin vida. Javier estacionó su vieja motocicleta en una esquina, revisando una vez más el pedido en su celular.

Entrega de documentos.
Destinataria: la dueña de la casa.

Tragó saliva.

Tres años trabajando como repartidor en motocicleta por la Ciudad de México, Javier había entregado de todo: comida de madrugada, medicinas urgentes, sobres importantes. Pero una mansión así… era raro. Y el pago era varias veces más alto de lo normal.

—Gente rica —se dijo—. Nada más.

Subió los escalones con el portadocumentos en la mano.

La puerta se abrió. Una empleada doméstica de mediana edad lo observó de arriba abajo, con mirada cautelosa.

—¿Entrega?
—Sí, señora.

Ella tomó el paquete y le pidió que esperara en la sala para firmar el recibo.

Javier entró.

Y en el instante en que cruzó el umbral, sintió como si el corazón se le detuviera.

En la pared principal, frente al sofá, colgaba un retrato funerario. Marco negro, flores blancas, veladoras aún encendidas.

Y el rostro del retrato…

Javier palideció.

 

Era su esposa.

No se parecía.

Era idéntica.

Los mismos ojos. El lunar junto a los labios. La misma sonrisa triste que conocía tan bien.

El portadocumentos cayó al suelo. Los papeles se esparcieron.

—No… no puede ser…

Retrocedió un paso, mareado.

Su esposa —Lucía— estaba en casa. Esa mañana habían desayunado juntos. Ella le había dicho que llevara chamarra porque hacía frío.

Entonces… ¿quién era la mujer del retrato?

—¿Se siente bien? —preguntó la empleada.

Javier levantó la mano temblando y señaló la pared.

—Esa mujer… ¿quién es?

La mujer dudó un segundo y bajó la mirada.

—Es… la antigua dueña de esta casa. Murió hace tres años.

Tres años.

Javier sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó con voz quebrada.

La empleada vaciló.

—Se llamaba… Lucía.

El mundo de Javier se apagó por un instante.

No escuchó nada más. Solo sabía que estaba de pie en una sala lujosa, sintiéndose caer en un abismo.

—Siéntese —dijo la mujer—. Está muy pálido.

Pero Javier ya estaba saliendo corriendo.

Tenía que volver a casa.

Ahora.

Lucía estaba limpiando verduras en la cocina cuando Javier entró de golpe.

—¿Qué te pasa? —preguntó asustada.

Él la sujetó de los hombros y la miró fijamente.

—Lucía… dime la verdad. ¿Quién eres tú?

Ella se quedó inmóvil.

—¿De qué hablas?

—En esa mansión hay un retrato tuyo. Mismo rostro. Mismo nombre. Dicen que murió hace tres años.

Lucía dejó caer el cuchillo.

El silencio llenó la casa.

Pasaron largos segundos antes de que hablara.

—¿Ya lo viste… verdad?

Las piernas de Javier temblaron.

—Entonces… ¿es cierto?

Lucía se sentó lentamente. Se cubrió el rostro con las manos.

—Perdóname… no quise ocultártelo tanto tiempo.

Y entonces contó la verdad.

Hace tres años, ella era la única hija de una familia poderosa en Guadalajara. Su padre había muerto joven. Su madre se volvió a casar con un hombre influyente… y cruel.

Él quería quedarse con toda la herencia.

Lucía comenzó a notar vigilancia, presión para firmar documentos. Cuando se negó, organizaron un “accidente”.

Los periódicos publicaron la noticia:
La heredera de la mansión fallece trágicamente.

Hubo velorio. Hubo retrato. Hubo luto.

Pero Lucía no murió.

Un desconocido la rescató. Perdió la memoria durante meses. Cuando despertó, decidió desaparecer.

Cambió de nombre. De identidad. De vida.

Y entonces conoció a Javier.

Un repartidor humilde. Honesto. Cálido.

—Creí que mi pasado había muerto —dijo ella entre lágrimas—. Solo quería vivir como una persona normal.

Javier no estaba enojado.

Pero tenía miedo.

Miedo de que ese pasado regresara… con peligro.

Y no se equivocó.

Dos días después, una camioneta negra se detuvo frente a su calle.

Tres hombres bajaron. Miradas frías.

—Ya nos encontraron —susurró Lucía.

Javier se puso frente a ella.

—¿A quién buscan?

Uno de los hombres sonrió.

—Buscamos a la dueña de la mansión.

—Aquí no hay nadie así —respondió Javier con firmeza.

—No sabe con quién se está metiendo —dijo el hombre en voz baja.

Lucía dio un paso al frente y tomó la mano de Javier.

—Déjame hablar.

Levantó la cabeza. Ya no era la mujer tranquila de la cocina.

—¿Creyeron que con matarme todo terminaba? —dijo con frialdad—. Sigo viva. Y tengo pruebas.

El hombre palideció.

Poco después, la verdad salió a la luz.

Documentos falsos. Fraude. El accidente planeado.

La mansión fue asegurada por las autoridades. El retrato fue retirado.

Lucía regresó oficialmente… no para reclamar lujo, sino para cerrar esa historia.

Vendió la mansión.

Parte del dinero lo donó. Parte ayudó a quienes habían sido dañados por aquella familia.

¿Y Javier?

Siguió siendo repartidor.

Pero ya no con miedo al mañana.

Una noche, le preguntó:

—¿Te arrepientes de haber vuelto?

Lucía apoyó la cabeza en su hombro.

—Si no volvía, siempre estaría huyendo. Pero gracias a ti… pude enfrentar mi pasado.

Javier la miró.

Una mujer que una vez tuvo su propio retrato funerario en una mansión… ahora sonreía en una casa pequeña.

Y entendió algo:

Hay muertes que no ocurren en un ataúd.
Y hay vidas que solo comienzan… cuando tenemos el valor de enterrar el pasado.